sábado, 11 de abril de 2009

Sin titulo.


El viaje había sido largo: varios miles de años, quizás más. Lo había tocado todo, lo vio todo, desde las profundas bocas de fuego subterrestres hasta las cumbres más altas, y aún más. Por ella pasaron los animales ya extintos, y estaba segura de que la primera cadena de ADN nació en su seno.
Ahora volaba en caída libre, descendiendo suavemente entre corrientes de aire frías y calidas. Hacía menos de un segundo se cruzó con una nube de olor a pan recién hecho. Así que por la posición de la luna y las estrellas dedujo que faltaba menos de una hora para el amanecer.
Pero las prisas no son para alguien que es más viejo que el tiempo mismo. En fin, todo es una sucesión rutinaria de acontecimientos. Tan solo había una cosa que la seguía sorprendiendo: los hombres.
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Como iba diciendo, los hombres. Realmente su mundo no pertenecía al resto de las cosas. De la vida se ha dicho que es imposible, que contradice los principios que rigen el universo; claro esta que eso lo han dicho los hombres, y siguiendo únicamente sus propios conocimientos. Eran algo así como…

Peor el suelo es un interlocutor implacable. La gota quedó aturdida, y pensó que era mejor dormir, fundiéndose en un riachuelo que se colaba por la alcantarilla. En fin, ¿para que pensar?

domingo, 29 de marzo de 2009

Noche estrellada.


Bajo la sombrilla de las inertes luces de colores, el chico veía como la ciudad le robaba buena parte de las estrellas. Su constelación favorita, porque le recordaba a ella, había sido mutilada.
Los bares y los gritos le despertaron de su sueño. Quizás esta vez ella era la que no volvería a casa. No era por sus escapadas a las tantas, tampoco a esa soledad irreprochable con la que lo miraba al despertarse ¿y por que?
Como una mosca, su curiosidad la atraía hacia la luz azul. Y “zas”, otra farola menos. “Pronto no habrá donde besarse”.

Imagen de: http://cat-girl-q8.deviantart.com/art/my-lovely-city-111036455

Algodón.


Te llevo admirando horas, he dilatado los minutos para que tus giros sean tan magníficos como los de las montañas, de la majestuosidad que te mereces. Siglos deberían pasar para que toda la humanidad pueda verte en todo tu esplendor.
Los abuelos contaran, frente a las chimeneas a la sangre de su sangre, la primera vez que tocaron el algodón de tu vestido.
Tus piernas serían como Jerusalén, donde todo nace y todo va a morir. Y daría yo mi vida por besar ese algodón que te envuelve, pero no puedo dejar de toser. Demasiados filtros de cigarro he gastado mirándote. Esos besos no eran para ti, era ese rincón de mi pecho que se inundaba, por el alquitrán de un buque que se hundía. No iba a ningún lado, solo flotaba cerca de tus arrecifes.

Imagen de: http://escupitajo.deviantart.com/art/Vestido-Rojo-II-65639049

Año cero.


Hablando frente a una pared, circuitos, platico, y al otro lado un espejo. Dos perros ladrando, quizás recordando los vasos con cuerda que unían las dos casas vecinas cuando eran niños. Muchas palabras se perdieron a lo largo del hilo, historias que llenaron los vasos, y pasados los años, madrugar y trabajar, para poder permitirse vaciarlos a tragos largos. Pero así no se recuperar el pasado.

Imagen de: http://angrymouse.deviantart.com/art/Not-enough-time-55898454

martes, 10 de marzo de 2009

Una cazuela de Rock



Después de varios devaneos por la vida, ya va siendo hora de que vosotros, oh, humildes lectores, podáis disfrutar de algunas letrillas que saciarán vuestro apetito ávido de emociones fuertes (o no tan fuertes...).

El poeta enamorado y,
a veces dolido,
nota el mundo
frágil a su paso

Rozando sus manos
percibe esa extraña
sensación
que lleva devanándolo
hace tiempo

Rehuye, con sarcasmo,
de aquello que más
le gusta: sentir otro yo
compartido, en su interior.

¿Más? Más...

Lo encontré, una noche
en una roja parada
de autobús

Quedo mirada al infinito
o a tristes sombras
que desaparecían en
la ausencia de luz

Quise absorverlo de
su atención a la nada
Me miró y sonrió

¡Curioso muchacho
de mente viperina!

Acabo ya, con una pequeña declaración de intenciones...

Bajo el semblante
de una calavera
concentro saberes
-odio concentrar saberes-


Nos vemos en los bares.

lunes, 9 de marzo de 2009

El cuadro subconciente. Sueño segundo.



La vejez había despertado en el estomago de Víctor. Una bola palpitante que crecía a medida que pasaba el tiempo, como un tumor, había llegado a un punto en el que le presionaba la caja torácica y le impedía respirar. Al otro lado del espejo veía su cuerpo nauseabundo, tantas arrugas, sin pelo y escuálido como una momia aun por desenterrar, acumulando avara la eternidad, sobreponiendo pliegues de piel sobre una base gris ceniza. Ya no era aquel monstruo, mitad bestia mitad humano, que al crecer se marchito dejando la impulsiva felicidad a un lado, para enterrarse en pequeños problemas.
Los niños siempre le habían incomodado. Cuando había uno cerca lo sentía aunque no lo viera, su cuerpo lo notaba. Su cerebro reaccionaba violentamente, desterraba por unos segundos todo el armazón social para rendirse al deseo de desgarrar esa bola de tierna carne.
Los niños se asemejan más a los animales que a los hombres, no son de la misma especie. Le parecía inconcebible haber nacido de un vientre materno, tener infancia, aventuras imaginarias, una realidad distorsionada y revestida de primitivas creencias. Aquella época en la que la imaginación llenaba los huecos de la ignorancia. Pero siempre existe la posibilidad de un mundo conspirador. Víctor se lo imaginaba como una cámara oscura llena de pequeñas personas, encapuchadas y agazapadas sobre una mesa de madera, discutiendo como ha de ser el mundo. Algo así como Dios, pero un Dios economista con el sentido del beneficio extrañamente retorcido. Un hacedor que se veía impulsado a crear esclavos, un poder superior imperfecto, chapucero, torpe y caprichoso, que no se nutría del amor sino de oro.
Era la creación del mundo sobre su propia marcha, era como llenar la casa de muebles antes de que esta siquiera tenga cimientos. La realidad se asemejaba al juego de un ilusionista, distrae la atención con una mano, mientras que va sacándose el conejo del bolsillo. Los niños en cambio parecen salvar el juego, no se sorprenden con los trucos, creen que debe ser así, sin más. Observan el mundo con una estática pasión indiferente que a ratos enfría y a ratos parece ser un incendio que todo lo devora. Lo mismo les da ver llover que un tigre albino levitando a cinco metros del escenario.
Cuando uno de esos pequeños propósitos de eternidad solapa, con su visión torpe del mundo, las teorías de las mentes pensantes de nuestros siglos, de lejos se ve que algo no marcha bien.
La calle estaba embarrada, la noche pasada había llovido y varias alcantarillas saltaron por los aires inundando las calles de excrementos. El hedor era insoportable, la mayoría de los viandantes – escasos – se tapaban los morros con pañuelos y mascarillas. Sentía el contacto aislante de las multitudes, se arrastraban con las caras tapadas y el ceño fruncido. Le daban ganas de saltar en los charcos de mierda y salpicarlos a todos de arriba abajo, de llenarlos de su propia porquería, de sentirse el motivo del asco general, causa de la descomposición social que se excreta a si misma. Quería derrocarlos a todos de sus torres de marfil salpicándolas con suntuosas cantidades de mierda, como una marea negra de su propia medicina.
Pero estaba solo en medio de la calle, con su par de matojos de pelo sobre la cara y mirando su reflejo en uno de los charcos. “¿Cómo salir de aquí?”

domingo, 22 de febrero de 2009

Cartas en un coco.



Querido amigo, te cuento esto en la habitual carta que te mando siempre que encuentro un trozo de papel y algo de carbón para escribir. Es una suerte que la Biblia aun tenga muchas paginas en blanco sobre las que puedo poner algo de mi propia vida. No siempre uno encuentra un ser que le escuche, aunque ya sabes que esta isla llena de cocoteros no es muy diferente de la gran ciudad. Esa soledad de muchedumbres es como el silbido del viento entre estas montañas.
Pues verás, el otro día las sirenas que llenan el oleaje de estas costas me hicieron un regalo magnifico. Y sabes…, pude llorar por primera vez en mucho tiempo con algo que no fueran mis burdas pasiones. Te hablo del arte amigo, aquel otro amor que todos guardamos dentro.
Era una magnifica historia. Increíble por la profundidad que adquirían los personajes, un idealismo que les llevaba a descubrir a cada uno una verdad de la vida. Llámalo azar, destino o acto de cualquier divinidad que nos alargara su mano, más la vida es la única que nos demuestra los pasos que debemos de seguir.
Crash, o como la han traducido, Colisión. Un pequeño toque que hace derrumbarse toda la torre de hormigón de la sociedad, un soplo de viento y la muralla china cae bajo su propio peso, los ejércitos Persas perecen en el acto, el grito de las tribus negras es acallado por un trueno, y el amor es lo que queda, ondeando su grandeza. El valor de la justicia que nosotros podemos recibir en forma de pasiones, lágrimas y risas. La colérica sensación de lo humano, nos lleva a un mundo superior, y con esta obra he visto la claridad de un mensaje que los hombres bien conocemos, más siempre cuesta seguirlo.
El hombre nunca controla su destino, siempre hay vientos en contra y cae a la deriva durante mucho tiempo, hasta que el tiempo se calma. Más cuando tiene que elegir, momentos en los que se juega su vida sin saberlo, tiene que mirar en lo profundo de su corazón, que todos los humanos hemos compartido, lo que a todos nos une.
Te doy gracias como siempre por haber aliviado mi soledad, pues en tu compañía nunca dejaré de sonreír.

lunes, 16 de febrero de 2009

805: Respuestas Nocturnas




Un coco más. Haremos... ¡otro final!


¡Buenas noches!
¿A qué te dedicas?
¿Cuál es tu profesión?
¿Cuantas letras tiene tu profesión?
Me preguntó la presentadora
De teleconcurso.

Absorto, parome a pensar
y afirmé con inercia
mientras decía -no sin querer-
“Ocho -aprender-”.

Y acerté, sin merecerlo,
el concurso más inútil
de toda la velada.



[...] Así continuaban pasando las noches y, a lo lejos, en el horizonte, seguía sin aparecer un ápice de cordura. Tan sólo se oía el insoportable chasquido de dedos que contínuamente le hacía reflexionar sobre la genial idea de cambiar a su madre, su querida madre, por aquella lavadora automática, que le permitiría incorporarse a un nuevo oficio. El Encantaplumas le llamaban. Sabía que lo necesitaba y, en cualquier instante, iba a ser suyo...

viernes, 13 de febrero de 2009

Malas Compañías


Parece que este coco naúfrago no navegará a la deriva en soledad, contribuye a la búsqueda de aquél islote que le acoja un fiel compañero de marras. Desde hoy partiremos hacia buen puerto.

De momento, un regalo de bienvenida:


Ya no quedan Max Estrellas

De tan mala suerte

No así de buen receso.


Compañeros de desgracias e infortunios

Relámpagos que atraviesan circunstancias

Temerosamente admiradas

Por idearios

Despreciados, como meras bagatelas


Ya no sienten disfrutar la melopea

De la noche que embriaga

Cual perfume sorprendente

Que deja caer miradas a su paso


Ya no gustan de arrabaleros

Que hacen de la vida su paseo

Sorprendidos, eliminando así

Su paso sorprendente,

Al triste olvido quedaron encerrados.


Y ya no buscan de hacer sus mañas

Aquellos transgresores de

La vida y la palabra

Consiguiendo que bajo tristes líneas

Escape mi débil queja.


Y así que pasen otros 20 años...

miércoles, 11 de febrero de 2009

El cuadro subconciente. Sueño primero.


En las estanterías de la pequeña biblioteca, los libros sobre economía se amontonaban sobre otros grandes ejemplares de arquitectura. Fotos y comentaros a pie de pagina se mezclaban confusamente con medias y números sin sentido. La probabilidad de encontrar nada relevante entre ese montón de paginas era nula, cualquiera que hubiera leído tan solo uno de esos libros lo sabría con certeza.

Y ciertamente, certeza era lo que le faltaba a Víctor. Cada tres meses iba sin falta a la misma librería de siempre, que pasó de manos del abuelo al padre, que a su vez se la pasó al hijo, dando así otro giro más a la tuerca del tiempo. Y no es de extrañar que Víctor tuviera la certeza de la ciclicidad del tiempo, certeza que se fue volviendo opaca con los años, al pasar la ardiente época de los ideales juveniles. Ya tan solo quedaba de ella una escasa sombra, una fe en cierto modo antisistema, políticamente incorrecta, y en resumen, imposible de pronunciar en alta voz.

Y cada tres meses en la misma librería, se acercaba al mismo estante – el primero, mirando hacia la derecha – de economía y arquitectura, eligiendo libros al azar, azar de los atractivos títulos sin contenido, con la esperanza puesta en poder impresionar a algún visitante inesperado. Pensaba con asiduidad en el glorioso día, cuando su jefe vendría a su casa, y entre comentarios amistosos y halagos, le propondría un ascenso.

Tampoco eso podía ser nada cierto, quizás porque su jefe le seguía llamando “chico” aun a pesar de su edad, que dejó vencer a la gravedad sobre la tensa firmeza de otros tiempos, y el peso del tiempo le tirada de las comisuras de la boca, de los parpados y de cualquier pliegue de la piel que utilizara al menos una vez al día, en dirección al centro de la tierra. Y justo aquel día, el quince de marzo, trató de invitar a su jefe a cenar – como soñaba cada tres meses poder hacer –, y su intento quedó tan ridículamente mal expresado, que entre tartamudeos y sonrisas, el jefe creyó ver una petición de aumento. Como buen jefe, se dirigió firmemente a Víctor: “Sabes, chico, llevas aquí muchos años, lo sé con certeza. Un buen jefe lo sabe todo sobre sus empleados, y haces bien tu trabajo (cualquiera que fuese), más en los tiempos que corren, todos hemos de pasar por algunas dificultades, eso sí, por el bien de un futuro mejor. No quisiera por tanto tener que ponerme en el compromiso de decidir si con los años has perdido la eficiencia de antaño, o sí bien, lo que quieres es un cambio de ambiente. ¿No se si entiendes a lo que me refiero? Verás, yo me preocupo por mis empleados y, demonios, tomate el resto de la tarde libre”.

Estaba en un apuro, ya que ni sabía quien era, ni lo que hacía, lo que sí sabía es que llevaba desde antes incluso de que él mismo llegara a la empresa como becario. Y también sabía de economía, y lo caro que sería un despido improcedente tras varias décadas.

Víctor, como era de su carácter, temió ese despido improcedente, y llegado a casa entró en un estado de completa melancolía. La empresa, curiosamente, era una destacada editorial a nivel nacional, y él se ocupaba del archivo. La arquitectura de su biblioteca era entonces, un sueño que no tuvo valor de retomar tras un primer fracaso, y la economía, la esperanza de impresionar a su jefe. Y todo convergía en el mismo punto, un ascenso a un puesto – nadie sabía cual – que le daría mayor estabilidad y le permitiría salir de su rango de mopa social.
“Quizás la soledad era la causa de todo”, pensó, más sin detenerse en tan lacrimosa idea, cogió un libro cualquiera del estante. Al libro le siguió una hebra gruesa de polvo, y esta rescato a su vez una foto polaroid que cayó al suelo. La miró de reojo, “Rusia”, el noventa y algo… Los años de su juventud que ya mucho tiempo atrás dejó en esa librería. Detrás del tiempo, del polvo, de los sueños rotos y la soledad, muy al fondo.

No se molestó en cogerla, la nostalgia siempre le asqueaba, y temía ser presa del llanto inconsolable de su decepcionante melancolía.

El sofá del salón – comedor – cocina, tampoco era gran cosa. Ni de cerca era como los sofás lujosos de vivos colores que algunas veces veía en las revistas de muebles suecos. Más bien eran tres cojines horizontales, con estampado floral, de la especie marchita, y otros tres verticales. Los colores hacían hastiarse hasta las flores del propio dibujo, más la combinación era ideal con las cortinas, y el mueble repleto de copas nunca usadas. Pero “siempre venía bien tener copas, por si hay una visita inesperada con alguna gran noticia”. Y cayó con la mirada grave y cristalina en una hoja cualquiera de su libro abierto por una pagina “x”.

“La concepción marxiana del capital económico” era el prometedor título de la distracción de su tarde libre, y no tardó en dormirse.

“El río adolescente se perdía en el llanto,
Gozosamente triste, como el corazón, cuando,
Harto de su belleza, quiere
Hundirse en el cauce del tiempo”.
Hölderin.

Sueña:

Un tren que sale de la estación. Frío. El cielo cubierto por nubes oscuras y el andén embarrado por el reciente deshielo. Nieve, agua y barro bajo los pies de varias figuras entre sombras. Varias de ellas, viejas y encorvadas, otras, igualmente viejas pero enfrentándose a la gravedad del tiempo.

Víctor nota que está asomado por la ventana del tren en marcha. ¿Se marcha por tanto él también? ¿Dónde? Siente de golpe un puño apretándole el corazón, llora y grita a viva voz palabras que no comprende.

Una de las figuras corre hacía él, llorando también. Pelo negro y escaso, corpulento, traje oscuro y un reloj en la mano. Víctor toma el regalo y ve como la distancia deja a las figuras en el horizonte.

Vuelve a ver la estación esta vez no hay tren, solo gente y bultos con ropa y comida. Él mismo lleva uno a la espalda. Van pasando por un pasillo de ladrillos rojos, pancartas en colores grises, y barro, mucho barro. “Debe ser primavera”. Su madre lo sostiene con firmeza de la mano, los dedos finos y rosados por el frío de aquella hermosa mujer le constriñen la muñeca hasta el llanto. Discute, recuerda el reloj y se hurga los bolsillos con la mano libre.

El reloj, dorado por los bordes, y en el reverso media circunferencia de metal que se tambalea al suave ritmo del tranvía. “Es para que se cargue su batería, así no necesita pilas. Aunque eres demasiado joven para tenerlo todavía”. Y la voz desaparece, arrebatándole el reloj. Y con el reloj también ese tiempo tan querido. Siente como se va haciendo viejo por instantes, y despierta.