martes, 30 de junio de 2009

Cuando termino de escribir es como si me hubiera corrido, no tengo más que dar de mí.

El cuadro subconciente,


Desde la cima del anfiteatro se veía perfectametne todo el espectaculo. Las luces rojas bailaban sobre los vestidos de seda blanca jugando con el ironico contraste de la piel color terracota de las viejas momias adineradas. Todos ellos se sentían gigantes, dominaban el mundo desde su asiento de cuero. Pasaba un camarero con una bandeja llena de copas de champan, uno de sus zapatos se enredó en los volantes de un vestido.

El articulo indeterminado “un” le quita importancia a las personas, lo unico que importaba era el zapato “24 horas” del camarero ocultandose como un conejo en su madriguera dentro de los dobladillos del vestido. El zapato, a las pocas horas te hacía insensible al dolor, todos los músculos de tu cuerpo se agarrotaban por la tensión y la cabeza repasaba una y otra vez el rigido esquema de “llenar copas, llevarlas, recogerlas, limpiarlas y rellenarlas”. Como los coches de carreras, ahora las copas volaban libres dando vueltas de campana guiadas por el azar.

Esa era la señal.

El azar había hablado, la casualidad colocó las piezas en su sitio.

Una calada más, un último trago, marcas el numero.

Tres, dos, dos, dos, dos, dos. Estas indeciso –dos- te preguntas cuando acabará – dos- el instante se hace perpetuo – dos- el tiempo se ha dilatado – dos – las copas se han cogelado el el aire, el champan vuela llenando el aire con sus burbujas. Dos.

Uno.

Aprietas el boton verde de llamada.

Una vez vi una pelicula en la que llovían sapos, ahora llueven sujetadores de la nueva linea de Victoria Secret con trozos de teta chamuscada.

Y en el fondo sigo siendo un crio, los petardos me parecen algo emocionante, festivo. La polvora adquiere un carácter sagrado, purificador, me ha sanado el alma, ha cicatrizado la herida del mundo. Huele a polvora y yo sigo siendo un crio.