viernes, 13 de febrero de 2009

Malas Compañías


Parece que este coco naúfrago no navegará a la deriva en soledad, contribuye a la búsqueda de aquél islote que le acoja un fiel compañero de marras. Desde hoy partiremos hacia buen puerto.

De momento, un regalo de bienvenida:


Ya no quedan Max Estrellas

De tan mala suerte

No así de buen receso.


Compañeros de desgracias e infortunios

Relámpagos que atraviesan circunstancias

Temerosamente admiradas

Por idearios

Despreciados, como meras bagatelas


Ya no sienten disfrutar la melopea

De la noche que embriaga

Cual perfume sorprendente

Que deja caer miradas a su paso


Ya no gustan de arrabaleros

Que hacen de la vida su paseo

Sorprendidos, eliminando así

Su paso sorprendente,

Al triste olvido quedaron encerrados.


Y ya no buscan de hacer sus mañas

Aquellos transgresores de

La vida y la palabra

Consiguiendo que bajo tristes líneas

Escape mi débil queja.


Y así que pasen otros 20 años...

miércoles, 11 de febrero de 2009

El cuadro subconciente. Sueño primero.


En las estanterías de la pequeña biblioteca, los libros sobre economía se amontonaban sobre otros grandes ejemplares de arquitectura. Fotos y comentaros a pie de pagina se mezclaban confusamente con medias y números sin sentido. La probabilidad de encontrar nada relevante entre ese montón de paginas era nula, cualquiera que hubiera leído tan solo uno de esos libros lo sabría con certeza.

Y ciertamente, certeza era lo que le faltaba a Víctor. Cada tres meses iba sin falta a la misma librería de siempre, que pasó de manos del abuelo al padre, que a su vez se la pasó al hijo, dando así otro giro más a la tuerca del tiempo. Y no es de extrañar que Víctor tuviera la certeza de la ciclicidad del tiempo, certeza que se fue volviendo opaca con los años, al pasar la ardiente época de los ideales juveniles. Ya tan solo quedaba de ella una escasa sombra, una fe en cierto modo antisistema, políticamente incorrecta, y en resumen, imposible de pronunciar en alta voz.

Y cada tres meses en la misma librería, se acercaba al mismo estante – el primero, mirando hacia la derecha – de economía y arquitectura, eligiendo libros al azar, azar de los atractivos títulos sin contenido, con la esperanza puesta en poder impresionar a algún visitante inesperado. Pensaba con asiduidad en el glorioso día, cuando su jefe vendría a su casa, y entre comentarios amistosos y halagos, le propondría un ascenso.

Tampoco eso podía ser nada cierto, quizás porque su jefe le seguía llamando “chico” aun a pesar de su edad, que dejó vencer a la gravedad sobre la tensa firmeza de otros tiempos, y el peso del tiempo le tirada de las comisuras de la boca, de los parpados y de cualquier pliegue de la piel que utilizara al menos una vez al día, en dirección al centro de la tierra. Y justo aquel día, el quince de marzo, trató de invitar a su jefe a cenar – como soñaba cada tres meses poder hacer –, y su intento quedó tan ridículamente mal expresado, que entre tartamudeos y sonrisas, el jefe creyó ver una petición de aumento. Como buen jefe, se dirigió firmemente a Víctor: “Sabes, chico, llevas aquí muchos años, lo sé con certeza. Un buen jefe lo sabe todo sobre sus empleados, y haces bien tu trabajo (cualquiera que fuese), más en los tiempos que corren, todos hemos de pasar por algunas dificultades, eso sí, por el bien de un futuro mejor. No quisiera por tanto tener que ponerme en el compromiso de decidir si con los años has perdido la eficiencia de antaño, o sí bien, lo que quieres es un cambio de ambiente. ¿No se si entiendes a lo que me refiero? Verás, yo me preocupo por mis empleados y, demonios, tomate el resto de la tarde libre”.

Estaba en un apuro, ya que ni sabía quien era, ni lo que hacía, lo que sí sabía es que llevaba desde antes incluso de que él mismo llegara a la empresa como becario. Y también sabía de economía, y lo caro que sería un despido improcedente tras varias décadas.

Víctor, como era de su carácter, temió ese despido improcedente, y llegado a casa entró en un estado de completa melancolía. La empresa, curiosamente, era una destacada editorial a nivel nacional, y él se ocupaba del archivo. La arquitectura de su biblioteca era entonces, un sueño que no tuvo valor de retomar tras un primer fracaso, y la economía, la esperanza de impresionar a su jefe. Y todo convergía en el mismo punto, un ascenso a un puesto – nadie sabía cual – que le daría mayor estabilidad y le permitiría salir de su rango de mopa social.
“Quizás la soledad era la causa de todo”, pensó, más sin detenerse en tan lacrimosa idea, cogió un libro cualquiera del estante. Al libro le siguió una hebra gruesa de polvo, y esta rescato a su vez una foto polaroid que cayó al suelo. La miró de reojo, “Rusia”, el noventa y algo… Los años de su juventud que ya mucho tiempo atrás dejó en esa librería. Detrás del tiempo, del polvo, de los sueños rotos y la soledad, muy al fondo.

No se molestó en cogerla, la nostalgia siempre le asqueaba, y temía ser presa del llanto inconsolable de su decepcionante melancolía.

El sofá del salón – comedor – cocina, tampoco era gran cosa. Ni de cerca era como los sofás lujosos de vivos colores que algunas veces veía en las revistas de muebles suecos. Más bien eran tres cojines horizontales, con estampado floral, de la especie marchita, y otros tres verticales. Los colores hacían hastiarse hasta las flores del propio dibujo, más la combinación era ideal con las cortinas, y el mueble repleto de copas nunca usadas. Pero “siempre venía bien tener copas, por si hay una visita inesperada con alguna gran noticia”. Y cayó con la mirada grave y cristalina en una hoja cualquiera de su libro abierto por una pagina “x”.

“La concepción marxiana del capital económico” era el prometedor título de la distracción de su tarde libre, y no tardó en dormirse.

“El río adolescente se perdía en el llanto,
Gozosamente triste, como el corazón, cuando,
Harto de su belleza, quiere
Hundirse en el cauce del tiempo”.
Hölderin.

Sueña:

Un tren que sale de la estación. Frío. El cielo cubierto por nubes oscuras y el andén embarrado por el reciente deshielo. Nieve, agua y barro bajo los pies de varias figuras entre sombras. Varias de ellas, viejas y encorvadas, otras, igualmente viejas pero enfrentándose a la gravedad del tiempo.

Víctor nota que está asomado por la ventana del tren en marcha. ¿Se marcha por tanto él también? ¿Dónde? Siente de golpe un puño apretándole el corazón, llora y grita a viva voz palabras que no comprende.

Una de las figuras corre hacía él, llorando también. Pelo negro y escaso, corpulento, traje oscuro y un reloj en la mano. Víctor toma el regalo y ve como la distancia deja a las figuras en el horizonte.

Vuelve a ver la estación esta vez no hay tren, solo gente y bultos con ropa y comida. Él mismo lleva uno a la espalda. Van pasando por un pasillo de ladrillos rojos, pancartas en colores grises, y barro, mucho barro. “Debe ser primavera”. Su madre lo sostiene con firmeza de la mano, los dedos finos y rosados por el frío de aquella hermosa mujer le constriñen la muñeca hasta el llanto. Discute, recuerda el reloj y se hurga los bolsillos con la mano libre.

El reloj, dorado por los bordes, y en el reverso media circunferencia de metal que se tambalea al suave ritmo del tranvía. “Es para que se cargue su batería, así no necesita pilas. Aunque eres demasiado joven para tenerlo todavía”. Y la voz desaparece, arrebatándole el reloj. Y con el reloj también ese tiempo tan querido. Siente como se va haciendo viejo por instantes, y despierta.

martes, 10 de febrero de 2009

"Papiroflexia" - Parte 3.

En el despacho la luz seguía siendo ínfima, decantándose entre el denso humo de los tres puros crujiendo al unísono. Al fondo del pasillo se escuchaban golpes, y pasos aproximándose a su destino.
- ¿Y a qué estamos esperando, contramaestre? – siguió Andreu, tras rescatar los cigarros de su mazmorra metálica.
- Ahora lo verán – gruñó el inspector-. Hace relativamente poco, dos agentes fueron avisados por un extraño ruido en las obras del nuevo túnel, al este de la cuidad. Y sendos fueron a parar derechos al hospital. Cuatro huesos rotos el primero – suspiro – y el segundo en coma.
- Ah, si que se las gastan bien estos gamberros de hoy en día. No es de extrañar que mi madre no quiera salir de casa después de la media tarde.
- ¿A usted esto le sigue pareciendo un juego, verdad?
- Para mí todo es juego – atajó –. Los limites de la realidad que vosotros reconocéis axiomática, yo la trato como juego de probabilidades. Verá, es mi oficio – se sacó una baraja de póquer del bolsillo -- ¿Y si el sol no sale mañana?
La baraja empieza a saltar de mano en mano, sucediéndose los rojos y los negros, las picas y los corazones.
- Tome una carta inspector – mostrándosela con la mano izquierda.
- Hm, no me acabo de fiar de este hombre. ¿Nicolás, estas bien seguro de que la pasada noche no nos la jugó?
- ¿Ahora también duda de su propio criterio? – respondiendo con otra pregunta.
Tres agentes abrieron bruscamente la puerta, interrumpiendo la conversación. Traían un bulto cubierto de cuerdas y cadenas, del que se asomaban mechones de grueso pelo marrón y coronado por una bola metálica con agujeros.
- Ahí lo tenéis. Esta cos fue o que agredió a mis hombres, y me pareció interesante que me dijerais lo que es, antes de llenarlo de plomo. A lo mejor recibo el Nóbel por encontrar el eslabón perdido –rió.
Andreu se acerco al bulto jadeante y pasó la mano por el pelo del a franja que debía ser el hombro.
- ¿Nos ha traído aquí por un gorila?
- No exactamente, verá… - acercándose y quitando la mascara de metal que cubría la cabeza del mono.
Hubo una contusión general, los agentes retrocedieron asqueados mientras que Andreu dejó deslizarse su puro de entre los dedos.
- ¿Y bien, saben que demonios es esa mole peluda? -. Gruñó el inspector señalando el bulto de cuerdas y cadenas. La cabeza de la bestia tenía el doble del tamaño natural, con una frente pronunciada que se alzaba encima de los ojos y se hundía dando paso a una nariz gruesa y chata, que reposaba sobre un lecho de pelo. De la boca sobresalían dos colmillos, que como dos montañas se alzaban hasta por encima del labio superior, marrones por debajo y blancos hacia las puntas.
- ¡Ja! Va a resultar verdad lo del Nóbel – bromeó -. Para este asunto debería usted avisar a un antropólogo más que a un ilusionista. Ellos entenderán más de monos que de hombres.
- He tratado de hacerlo, pero hay una conferencia a las afueras, y es prácticamente imposible localizar a ninguno – se justificaba -. Pero he enviado varias cartas a colegas del extranjero, con algunas fotos de la bestia, pero la respuesta tardará aun días.
El bulto empezó a rugir, mostrando las dos filas de afilados dientes, y los temblores de su cuerpo hicieron saltar un par de correas. Una pistola emergió desde la axila del inspector, apuntando la nariz del monstruo.
- No soy una bestia – un rugido grave y tosco salió de las fauces de la criatura. Hacía falta mucha atención para distinguir palabras tras esa voz -. Soy Emmanuel Fredersen, hijo de Joh Fredersen.
- ¿Cómo, tienes nombre? – a la bestia -. ¡Comprobad si hay alguien llamado así! – a los agentes. Los tres salieron dejándonos a nosotros con la criatura
- ¡Soltadme! No os haré daño. Los de anoche me dispararon. Solo trataba de defenderme – repuso -. Trabajo en las obras del túnel.
- ¿Qué trabajas? Eso es tan inverosímil como que hables – masculló el inspector frotándose los ojos. Parecía no poder creer lo que estaba oyendo.
Deja que se exprese, hombre. Nos está dando información muy valiosa. ¿Cómo sino pretendes explicar todo esto? Ya que sabe hablar, demuestra que sabemos escuchar -. Andreu se acercó a la bestia, apartando la pistola del inspector. Todavía le quedaba más de la mitad del puro - ¿Fumas? -. Entonces la bestia tomó una calada de humo, lo que pareció reconfortarle -. Si aprecias los vicios humanos, no puedes ser más que otro hombre más -. Tendiendo la baraja que aun sostenía -. Vamos, elige una carta.
Le soltó varias correas que seguían constriñéndole el movimiento del brazo derecho. El inspector se lanzó sobre él, pero este le paro levantando el dedo índice y meneándolo de lado a lado. Emmanuel cogió con sus dedos negros y peludos una carta, la miró de reojo como si de un jugador profesional se tratara y la depositó de vuelta sobre la baraja. Dos o tres cortes entre las ágiles manos del mago y una carta sobresalía boca arriba, el tres de picas.
- ¿Es esta tu carta?
- ¡Ya lo creo! Si hubiera apostado, de seguro que ahora tendría problemas.
- Ve inspector – cambiando de interlocutor –. Es totalmente humano. Lo único que le hace parecer un animal es su aspecto. ¿No podría soltarle? Cierto es que todo esto parece una confusión, incluso sus dos agentes “rotos”, más no le hagamos creer que desconocemos la cortesía.
- Cortesía dices. ¿Te has vuelto loco, o tú razón no tiene ni pies ni cabeza? – sentándose en su sillón y apoyando la frente en una mano con gesto de desesperación -. ¡Todo esto es una locura! Y tú, comotellames ¿que eres y que hacías trabajando en el túnel?
La bestia tras estar un rato en silencio, empezó a contar su historia. Andreu se lo pasaba en grande escuchando, sentado a los pies del camastro sobre el que este estaba recogido.
“Nací en 1917, hijo de un panadero a quien mi alumbramiento dejó viudo, pues al darme la luz mi madre murió, trabajé hasta los diez y siete años en el negocio familiar. Después fui a la cuidad y encontré un empleo en una cafetería, en la cual siempre había un grupo de científicos embatados, de los cuales con el paso de los años fui haciéndome amigo. Ellos trabajaban en un centro de investigación cercano para una empresa internacional de material de construcción. Un día me dijeron que fuera a visitarlos después de mi turno, a lo cual accedí ilusionado. Lo que ellos querían era proponerme un trato: participar como sujeto en un experimento a cambio de mucho dinero, dinero que yo no podía rechazar si quería dejar esta vida de rata entre turno y turno de trabajo.
Tras pasar dos semanas en un laboratorio, inyectándome ellos algunas enzimas – de hormonas le oí decir una vez – mi cuerpo creció. Empecé a cambiar de forma, “más grande y fuerte” decían ellos. Dejé de comer carne para solo comer frutos y hortalizas, dormía solo dos o tres horas al día y no notaba el cansancio. Al cabo de un mes me llevaron en un furgón a una reunión con varios hombres vestidos de traje. Estos me observaban mientras levantaba peso y aplaudían.
Finalmente me dijeron como ultima parte de trato, necesitaban verme trabajar, y después me pagarían lo prometido. Y así es como acabé aquí”.
- Curioso – prorrumpió Andreu -. Curioso el mundo en el que vivimos. A la sociedad solo le parece interesar la fuerza de trabajo, y he aquí su nuevo juguete. El hombre mono, más fuerte y grande, más barato y eficiente… - miró al inspector que observaba la situación con aire de incredulidad -. ¿Para que clase de rufianes trabaja usted, Molin?
- ¡Esto ya me supera! Primero un monstruo, luego científicos, hormonas, políticos – suspiró -. En lo que a mí respecta, esto es un hombre y por tanto un criminal. Esto es todo lo que quiero saber.
Y así terminó nuestra visita a la comisaría. Dos agentes nos acompañaron hasta la puerta. Pasamos la noche en un café sin abrir la boca más que para beber cervezas. Cuando salimos Andreu dijo a modo de despedida.
-Ah, este mundo esta loco, tiene razón el viejo Molin. ¿Te lo puedes creer, Nicolás? Al final acabaremos siendo todos monos – si es que ya no lo somos – enganchados tan solo a la humanidad pro los vicios, es decir, el consumo. Trabajo y consumo… es todo lo que quedará de nosotros -. Y bajó la calle con la cabeza gacha entre los hombros.