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sábado, 11 de abril de 2009

Sin titulo.


El viaje había sido largo: varios miles de años, quizás más. Lo había tocado todo, lo vio todo, desde las profundas bocas de fuego subterrestres hasta las cumbres más altas, y aún más. Por ella pasaron los animales ya extintos, y estaba segura de que la primera cadena de ADN nació en su seno.
Ahora volaba en caída libre, descendiendo suavemente entre corrientes de aire frías y calidas. Hacía menos de un segundo se cruzó con una nube de olor a pan recién hecho. Así que por la posición de la luna y las estrellas dedujo que faltaba menos de una hora para el amanecer.
Pero las prisas no son para alguien que es más viejo que el tiempo mismo. En fin, todo es una sucesión rutinaria de acontecimientos. Tan solo había una cosa que la seguía sorprendiendo: los hombres.
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Como iba diciendo, los hombres. Realmente su mundo no pertenecía al resto de las cosas. De la vida se ha dicho que es imposible, que contradice los principios que rigen el universo; claro esta que eso lo han dicho los hombres, y siguiendo únicamente sus propios conocimientos. Eran algo así como…

Peor el suelo es un interlocutor implacable. La gota quedó aturdida, y pensó que era mejor dormir, fundiéndose en un riachuelo que se colaba por la alcantarilla. En fin, ¿para que pensar?

lunes, 9 de marzo de 2009

El cuadro subconciente. Sueño segundo.



La vejez había despertado en el estomago de Víctor. Una bola palpitante que crecía a medida que pasaba el tiempo, como un tumor, había llegado a un punto en el que le presionaba la caja torácica y le impedía respirar. Al otro lado del espejo veía su cuerpo nauseabundo, tantas arrugas, sin pelo y escuálido como una momia aun por desenterrar, acumulando avara la eternidad, sobreponiendo pliegues de piel sobre una base gris ceniza. Ya no era aquel monstruo, mitad bestia mitad humano, que al crecer se marchito dejando la impulsiva felicidad a un lado, para enterrarse en pequeños problemas.
Los niños siempre le habían incomodado. Cuando había uno cerca lo sentía aunque no lo viera, su cuerpo lo notaba. Su cerebro reaccionaba violentamente, desterraba por unos segundos todo el armazón social para rendirse al deseo de desgarrar esa bola de tierna carne.
Los niños se asemejan más a los animales que a los hombres, no son de la misma especie. Le parecía inconcebible haber nacido de un vientre materno, tener infancia, aventuras imaginarias, una realidad distorsionada y revestida de primitivas creencias. Aquella época en la que la imaginación llenaba los huecos de la ignorancia. Pero siempre existe la posibilidad de un mundo conspirador. Víctor se lo imaginaba como una cámara oscura llena de pequeñas personas, encapuchadas y agazapadas sobre una mesa de madera, discutiendo como ha de ser el mundo. Algo así como Dios, pero un Dios economista con el sentido del beneficio extrañamente retorcido. Un hacedor que se veía impulsado a crear esclavos, un poder superior imperfecto, chapucero, torpe y caprichoso, que no se nutría del amor sino de oro.
Era la creación del mundo sobre su propia marcha, era como llenar la casa de muebles antes de que esta siquiera tenga cimientos. La realidad se asemejaba al juego de un ilusionista, distrae la atención con una mano, mientras que va sacándose el conejo del bolsillo. Los niños en cambio parecen salvar el juego, no se sorprenden con los trucos, creen que debe ser así, sin más. Observan el mundo con una estática pasión indiferente que a ratos enfría y a ratos parece ser un incendio que todo lo devora. Lo mismo les da ver llover que un tigre albino levitando a cinco metros del escenario.
Cuando uno de esos pequeños propósitos de eternidad solapa, con su visión torpe del mundo, las teorías de las mentes pensantes de nuestros siglos, de lejos se ve que algo no marcha bien.
La calle estaba embarrada, la noche pasada había llovido y varias alcantarillas saltaron por los aires inundando las calles de excrementos. El hedor era insoportable, la mayoría de los viandantes – escasos – se tapaban los morros con pañuelos y mascarillas. Sentía el contacto aislante de las multitudes, se arrastraban con las caras tapadas y el ceño fruncido. Le daban ganas de saltar en los charcos de mierda y salpicarlos a todos de arriba abajo, de llenarlos de su propia porquería, de sentirse el motivo del asco general, causa de la descomposición social que se excreta a si misma. Quería derrocarlos a todos de sus torres de marfil salpicándolas con suntuosas cantidades de mierda, como una marea negra de su propia medicina.
Pero estaba solo en medio de la calle, con su par de matojos de pelo sobre la cara y mirando su reflejo en uno de los charcos. “¿Cómo salir de aquí?”

miércoles, 11 de febrero de 2009

El cuadro subconciente. Sueño primero.


En las estanterías de la pequeña biblioteca, los libros sobre economía se amontonaban sobre otros grandes ejemplares de arquitectura. Fotos y comentaros a pie de pagina se mezclaban confusamente con medias y números sin sentido. La probabilidad de encontrar nada relevante entre ese montón de paginas era nula, cualquiera que hubiera leído tan solo uno de esos libros lo sabría con certeza.

Y ciertamente, certeza era lo que le faltaba a Víctor. Cada tres meses iba sin falta a la misma librería de siempre, que pasó de manos del abuelo al padre, que a su vez se la pasó al hijo, dando así otro giro más a la tuerca del tiempo. Y no es de extrañar que Víctor tuviera la certeza de la ciclicidad del tiempo, certeza que se fue volviendo opaca con los años, al pasar la ardiente época de los ideales juveniles. Ya tan solo quedaba de ella una escasa sombra, una fe en cierto modo antisistema, políticamente incorrecta, y en resumen, imposible de pronunciar en alta voz.

Y cada tres meses en la misma librería, se acercaba al mismo estante – el primero, mirando hacia la derecha – de economía y arquitectura, eligiendo libros al azar, azar de los atractivos títulos sin contenido, con la esperanza puesta en poder impresionar a algún visitante inesperado. Pensaba con asiduidad en el glorioso día, cuando su jefe vendría a su casa, y entre comentarios amistosos y halagos, le propondría un ascenso.

Tampoco eso podía ser nada cierto, quizás porque su jefe le seguía llamando “chico” aun a pesar de su edad, que dejó vencer a la gravedad sobre la tensa firmeza de otros tiempos, y el peso del tiempo le tirada de las comisuras de la boca, de los parpados y de cualquier pliegue de la piel que utilizara al menos una vez al día, en dirección al centro de la tierra. Y justo aquel día, el quince de marzo, trató de invitar a su jefe a cenar – como soñaba cada tres meses poder hacer –, y su intento quedó tan ridículamente mal expresado, que entre tartamudeos y sonrisas, el jefe creyó ver una petición de aumento. Como buen jefe, se dirigió firmemente a Víctor: “Sabes, chico, llevas aquí muchos años, lo sé con certeza. Un buen jefe lo sabe todo sobre sus empleados, y haces bien tu trabajo (cualquiera que fuese), más en los tiempos que corren, todos hemos de pasar por algunas dificultades, eso sí, por el bien de un futuro mejor. No quisiera por tanto tener que ponerme en el compromiso de decidir si con los años has perdido la eficiencia de antaño, o sí bien, lo que quieres es un cambio de ambiente. ¿No se si entiendes a lo que me refiero? Verás, yo me preocupo por mis empleados y, demonios, tomate el resto de la tarde libre”.

Estaba en un apuro, ya que ni sabía quien era, ni lo que hacía, lo que sí sabía es que llevaba desde antes incluso de que él mismo llegara a la empresa como becario. Y también sabía de economía, y lo caro que sería un despido improcedente tras varias décadas.

Víctor, como era de su carácter, temió ese despido improcedente, y llegado a casa entró en un estado de completa melancolía. La empresa, curiosamente, era una destacada editorial a nivel nacional, y él se ocupaba del archivo. La arquitectura de su biblioteca era entonces, un sueño que no tuvo valor de retomar tras un primer fracaso, y la economía, la esperanza de impresionar a su jefe. Y todo convergía en el mismo punto, un ascenso a un puesto – nadie sabía cual – que le daría mayor estabilidad y le permitiría salir de su rango de mopa social.
“Quizás la soledad era la causa de todo”, pensó, más sin detenerse en tan lacrimosa idea, cogió un libro cualquiera del estante. Al libro le siguió una hebra gruesa de polvo, y esta rescato a su vez una foto polaroid que cayó al suelo. La miró de reojo, “Rusia”, el noventa y algo… Los años de su juventud que ya mucho tiempo atrás dejó en esa librería. Detrás del tiempo, del polvo, de los sueños rotos y la soledad, muy al fondo.

No se molestó en cogerla, la nostalgia siempre le asqueaba, y temía ser presa del llanto inconsolable de su decepcionante melancolía.

El sofá del salón – comedor – cocina, tampoco era gran cosa. Ni de cerca era como los sofás lujosos de vivos colores que algunas veces veía en las revistas de muebles suecos. Más bien eran tres cojines horizontales, con estampado floral, de la especie marchita, y otros tres verticales. Los colores hacían hastiarse hasta las flores del propio dibujo, más la combinación era ideal con las cortinas, y el mueble repleto de copas nunca usadas. Pero “siempre venía bien tener copas, por si hay una visita inesperada con alguna gran noticia”. Y cayó con la mirada grave y cristalina en una hoja cualquiera de su libro abierto por una pagina “x”.

“La concepción marxiana del capital económico” era el prometedor título de la distracción de su tarde libre, y no tardó en dormirse.

“El río adolescente se perdía en el llanto,
Gozosamente triste, como el corazón, cuando,
Harto de su belleza, quiere
Hundirse en el cauce del tiempo”.
Hölderin.

Sueña:

Un tren que sale de la estación. Frío. El cielo cubierto por nubes oscuras y el andén embarrado por el reciente deshielo. Nieve, agua y barro bajo los pies de varias figuras entre sombras. Varias de ellas, viejas y encorvadas, otras, igualmente viejas pero enfrentándose a la gravedad del tiempo.

Víctor nota que está asomado por la ventana del tren en marcha. ¿Se marcha por tanto él también? ¿Dónde? Siente de golpe un puño apretándole el corazón, llora y grita a viva voz palabras que no comprende.

Una de las figuras corre hacía él, llorando también. Pelo negro y escaso, corpulento, traje oscuro y un reloj en la mano. Víctor toma el regalo y ve como la distancia deja a las figuras en el horizonte.

Vuelve a ver la estación esta vez no hay tren, solo gente y bultos con ropa y comida. Él mismo lleva uno a la espalda. Van pasando por un pasillo de ladrillos rojos, pancartas en colores grises, y barro, mucho barro. “Debe ser primavera”. Su madre lo sostiene con firmeza de la mano, los dedos finos y rosados por el frío de aquella hermosa mujer le constriñen la muñeca hasta el llanto. Discute, recuerda el reloj y se hurga los bolsillos con la mano libre.

El reloj, dorado por los bordes, y en el reverso media circunferencia de metal que se tambalea al suave ritmo del tranvía. “Es para que se cargue su batería, así no necesita pilas. Aunque eres demasiado joven para tenerlo todavía”. Y la voz desaparece, arrebatándole el reloj. Y con el reloj también ese tiempo tan querido. Siente como se va haciendo viejo por instantes, y despierta.

martes, 3 de febrero de 2009

En mar abierto





Me metí corriendo entre los almohadones mohosos, por los mismos por los que había pagado una considerable fortuna a un viejo de mar, apenas desdentado y enajenado, al cual las drogas del continente habían hecho estragos.
Yo me hallaba oculto y rumbo a Europa, oculto de las fauces de las bestias que llevaban varios meses persiguiéndome. Huí de aquel húmedo y viejo castillo, el cual por falta de presupuesto y espacio habían convertido en una presión para la morralla que no podía permitirse sobrevivir. A mi me alcanzo el brazo de la ley a la corta edad de los dieciséis y desde entonces hasta ahora, los veinticuatro años, se había nutrido de mi como una serpiente, que digiere a la victima y la devora semana tras semana, lentamente y con tranquilidad.
Con gran esfuerzo amontone las cajas de madera vacías que había dispuesto antes de subir, hasta el techo, haciendo un infranqueable muro que me protegería los primeros días disponiendo así de un camarote de unos cinco metros cuadrados por dos de alto en la cala de un pequeño barco de contrabando. Nadie podía encontrarme allí, ya que entre las entrañas de la bestia donde no había luz ninguna, se desenrollaba un laberinto ideado para esconder toda clase de mercancías por las que un capitán va a la horca; esclavos negros, drogas, oro y arte robado, cualquier cosa que diera dinero se escondía ahí y se llevaba al viejo continente para ser vendida a precios desorbitados.
El viejo marinero me dijo que el viaje no tardaría más de un mes, por lo cual me preví de alimentos y agua para aguantar los primeros días de viaje, al menos hasta que el barco alcanzara la alta mar y fuera imposible volver para cobrar la recompensa por mi cabeza.
Mi camarote improvisado estaba provisto de todo lo que yo creí necesario. Un colchón viejo con una gran manta de lana, varias almohadas que me recibieron a la llegada, un barril con unos cien litros de agua, tortas y quesos para comer y un par de gruesas velas que me aseguraban varios días de luz según me dijo el comerciante. Al menos la primera semana podía estar tranquilo ahí abajo y cuando fuera el momento apropiado saldría y me presentaría al capitán, pagándole un centenar de libras como garantía de supervivencia, y otros cien a la llegada a Europa. Todo tenía que salir bien, y con ese pensamiento me acosté protegido y lleno de esperanzas.
Antes de que me hubiera dormido, el barco ya había zarpado y se mecía suave sobre las olas cortantes del puerto de St. Lucas.
Ahora escribo esto, aun sintiendo el terror en las venas, pálido y tembloroso, sin esperanzas, desnutrido y enfermo, enajenado por la confusión y como última constancia de mí. Dejo estas líneas antes de acabar con todo, porque la muerte sería un alivio para mi situación actual. Añado esto a la historia, para que podáis imaginar como me siento, y si la oscuridad de mi pensamiento, la falta de fuerzas para medir mis palabras y mi visión turbia me impide expresarme con claridad, no es por otra cosa que por la angustia de la muerte cercana.
Me dormí placidamente, tranquilo y con un susurro de esperanza de las olas del mar rompiéndose contra el casco, el sonido de una próxima libertad de mi bote salvador, Lenore.
El aire de los pasillos estaba viciado, una humedad que me dejaba apenas sin fuerzas y me daba una sensación de sueño. Temí por unos instantes quedarme dormido, pero al ver el muro de cajas, firme e impenetrable, iluminado por la trémula luz dorada de una de las dos velas, supe que estaba seguro y pude abandonarme al sueño. Dormía muchas horas, al levantarme encendía la vela para poder comer un poco de queso con tortas de maíz, bebía agua y escuchaba atento los sonidos de cubierta, pero no me llegaba otra cosa que el sonido de las olas contra el casco chapado del barco, estaba demasiado aislado, enterrado a demasiada profundidad para que ningún sonido de cubierta llegara a mis oídos. Siempre me sentía deshidratado por mucha agua que bebiese, lo que quizás se debiese al olor del aceite rancio que inundaba todo mezclándose con la humedad y una oscuridad completa que solo la pequeña vela rompía.
Medía cautelosamente las palabras que le diría a la tripulación cuando me viesen, pagaría por sus servicios y les prometería más dinero si llegaba a salvo. No tenía experiencia en la navegación y de poca ayuda les podría servir, pero la no pequeña fortuna robada entre mis bolsillos me tranquilizaba.
La primera vela ya se había gastado, me quedaba solo la mitad del barril y mis alimentos ya escaseaban, pero preferí aguantar otros tres o cuatro días más antes de salir. También portaba una carta del viejo Joan, que era un buen amigo del capitán y que le aconsejaba creer en mi palabra, aceptar mi dinero y conducirme a salvo hasta las costas del estrecho.
Encendí la segunda vela y me acosté sobre la colchoneta, enroscado como un gato en la manta lanuda y me hundí tanto en mis pensamientos que me dormí sin darme cuenta. Soñé que llegaba al puerto, un puerto nuevo y limpio, donde miles de barcos atracaban cada día. Soñé que paseaba por las calles adoquinadas, bajo el sol mediterráneo, entre mujeres de pelo oscuro y piel dorada. En las estrechas calles rodeadas por pequeñas casitas blancas llenas de flores paseaban acróbatas, arlequines y come fuegos que divertían a los niños, y estos corrían, reían con voces claras y limpias. Enormes campos de trigo y olivos, montañas altas en las que pastores con sus rebaños iban hacia manantiales entre caminos perdidos. Soñé con la libertad.
Al abrir los ojos, no vi nada, todo era oscuridad plena y densa. Estaba totalmente confuso y me costo largo tiempo ordenar mis pensamientos, no recordaba donde me hallaba y hacía mil conjeturas de cómo me encontraba en ese agujero húmedo y negro. Tenía los músculos entumecidos, los tendones no reaccionaban al intentar moverlos. Poco a poco empecé a recordar, recordé el Lenore, al viejo que me susurraba el plan de mi libertad, el escondite, Europa y finalmente la vela. ¡La vela! Se había consumido totalmente, ya no quedaba más que un rastro de cera seca. Tantee aun confuso el suelo, saliéndome del colchón y con gran esfuerzo liberándome de la manta que se había enrollado con mil nudos alrededor de mis pies. “Esto explica el entumecimiento” pensé, pero no explicaba como una vela que debía durar varios días se había consumido en pocas horas de sueño. “Aquel maldito comerciante me había timado” pensé, me dio una vela buena y otra de baja calidad, así se explicaba que se consumiera en pocas horas. La sed me apretaba la garganta con gran ardor y estaba algo febril. Me dirigí a lo que debía ser el barril, tropezando torpemente con ese y arrojándolo al suelo con gran estruendo. Me asusté ya que pensé en el ruido que este podía causar y en que toda mi agua se derramaría sobre el suelo. Pero no fue así, el barril cayo ligero, vacío, sin tan solo una gota de agua que salpicase. Esa confusión, el miedo por ser hallado antes de tiempo y ser devuelto al puerto, devuelto al castillo, me volvió histérico. Todo mi cuerpo temblaba, la respiración era desacompasada, el corazón bombeaba sangre a la cabeza, por lo que sentí mis ojos hincharse. Me desmaye, o eso creo recordar ahora.
También recuerdo haber recobrado la conciencia, y en un acto demente me lancé como una fiera salvaje contra las cajas derribándolas todas, con la única esperanza de ver la luz. Un sonido de acordeón chirriante retumbaba en mis oídos, tropezaba a cada paso porque los músculos estaban contraídos y duros como piedras. Atravesé el largo y oscuro pasillo que se atestaba hasta arriba de todo tipo de trastos, que distinguía entre ellos por el sonido que emitían al chocar contra ellos en mis frecuentes caídas. La superficie de todos ellos estaba corroída, el metal herrumbroso y la madera mohecina.
Di con la escalera que subía a la escotilla de proa. Me forcé a abandonar aquel estado de histeria, debía ser frió y calculador si quería presentarme ante la tripulación y seguir con vida después de aquello, ya que había visto las mercancías que ocultaban y todos ellos irían derechos a la horca si eso se descubriese. Fui a palparme los bolsillos para asegurarme de que llevaba el fajo de billetes. ¡No estaba! Me lo había dejado al fondo de los tortuosos pasillos. Ya no estaba yo dispuesto a volver atrás, tal y como me hallaba falto de fuerzas y con la mente nublada por la fiebre. Gire el resorte de la puerta.
La luz me cegó, ya que había pasado las últimas jornadas enterrado bajo la superficie del barco totalmente a oscuras. Poco a poco recobraba la vista, era de noche. Una noche clara con el firmamento iluminado por el faro celeste. Centenares de estrellas se diseminaban por alto y ancho del horizonte. Una brisa calida y suave como un paño se seda llenó mis pulmones de frescura. El agua infinita que rodeaba el bergantín no mostraba tierra a ningún lado.
Todo estaba bien, lo había logrado, mis temores se disiparon y volví a ver la esperanza desnuda, como aquella mujer soñada del continente prometido, se llamaba Europa, sus senos eran firmes y torneados, su cintura se mecía con un contoneo desconocido de alguna danza de su pueblo, su pelo negro, denso y rizado le cubría los hombros y se deslizaba por su espalda. Grandes ojos verdes como las montañas, boca roja y húmeda como una fruta madura recién recogida, labios gruesos por los que deslizaban gotas de plateado rocío de una mañana fresca. Su voz ahuyentó mis temores y volví a estar firmemente asido a mi ferviente deseo de libertad, fascinado por aquella visión.
Inspeccione la cubierta buscando algún marinero de guardia, pero estaba vacía de proa a popa. Una capa de resbaladizo y húmedo moho cubría cada tabla de madera y la sal del agua corroía cada saliente metálico dejando entrever el verdoso color del cobre oxidado.
La confusión me abatió de nuevo. El destino me asestó una profunda cincelada en el pecho oprimiéndome los pulmones que hace segundos se llenaban de aire puro hasta casi explotar.
“¿Naufrago? No, no puede ser, debían estar todos durmiendo, quizás enfermos o simplemente el capitán es un inepto y no le importa el estado de su cascarón.” Busque explicaciones para aquel estado de abandono, cuando veinte rudos marineros debían sacar brillo a la cubierta cada minuto, cada día, cuidando hasta el último detalle. Aunque también eran contrabandista, bribones y criminales, quizás llevaran diez jornadas emborrachándose de ron y habían caído en un seño etílico. Para quitarme esa espina de incertidumbre, me fui a la búsqueda del camarote del capitán. Aunque le despertase un desconocido a medianoche en su barco, después de una larga borrachera, la razón del dinero hace que se estruje los sesos hasta a un muerto.
Golpee con fuerza la puerta pero nadie me respondió, así que decidí forzar la cerradura. Estaba desesperado y ya no temía por mí, solo quería despejar mis temores y asegurarme que habría alguien a bordo. La puerta era de metal, revestida con tablas de madera barnizada y una tablilla que anunciaba con letras doradas “Camarote del Capitán”, la cerradura era simple, una abertura redonda en la madera, que dejaba ver al fondo una oquedad en la cual debía encajar la llave. La llave a su vez, supuse, era grande, un modelo muy rustico que se utilizaba habitualmente para candados. Saque del bolsillo un pequeño par de ganzúas y una lima que siempre llevaba encima, ya que no orgulloso de ello, era yo un ladrón. Tras un buen rato de hacer malabares para averiguar la estructura del cerrojo, conseguí que los resortes rechinaran, la puerta se soltó y se alejo flotando suavemente sobre las bisagras sin hacer yo ningún esfuerzo en ese fin.
La estancia era ancha, de unos quince metros cuadrados y otros tres de alto, revestida de lujosa decoración en roble muy elaborado. Una alfombra persa se extendía desde la misma entrada hasta el final del camarote. Una gran cama de forja en una esquina, con sabanas de seda y cojines árabes. Las paredes las recubrían estanterías de madera, muy cuidadas pero polvorienta, y en estas se aglomeraban toda clase de libros y manuscritos. En el lado izquierdo un gran globo dorado se posaba junto a una enorme mesa cubierta de mapas, astrolabios, compases, toda clase de artilugios para medir y calcular distancias y varias brújulas de oro. Las paredes las recubrían extraños cuadros de diseño oriental, con toda clase de grafías desconocidas. Una decena de velas estaban repartidas por toda la habitación, aun humeantes y en la cama se extendía a lo largo y ancho un cuerpo agazapado.
“Capitán, siento presentarme ante usted así.” Dije yo acercándome al bulto de un hombre que me suponía ebrio. Extendí la mano para tocarle la cabeza, cubierta con un revuelto pelo cano, estaba de espaldas así que no podía verle la cara. Al tacto, la primera sensación fue de frío, “muerto” me dije a mí mismo. Me incliné sobre él para verle el rostro, y fue tan grande mi sorpresa que volvió a abatirme esa sensación de histeria. El rostro azulado presentaba un aspecto lúgubre y tenebroso, las venas hinchadas se marcaban a lo largo y ancho de su rostro pálido y arrugado, los ojos tenían un color traslucido como las perlas blancas y su boca entreabierta, con los labios completamente morados, enseñaban dos filas apenas sin dientes.
Recuerdo que grite desgarrándome la garganta, maldije mil y una vez a aquel rufián. Me había engañado, como al más estúpido de la tierra. Joan, maldito viejo. Pretendía seguramente matarme una vez hubieran abandonado el puerto y quedarse con todo el dinero que llevaba para empezar mi nueva vida. A ese hombre muerto, viejo y pálido, lo veía yo ahora como la viva imagen de un demonio, un hombre sin sangre ni corazón. Me alegré de que estuviese muerto, porque sino yo mismo lo habría matado con mis manos.
Pensé en mi próximo paso. La pregunta ahora era ¿habría más tripulación con vida, o estarían todos muertos? Y si estaban con vida ¿no me matarían, no les diría el viejo capitán que yo estaba en el barco creyéndome oculto, y que cuando me viesen me asesinaran? No podía correr un riesgo tan gratuito como el de salir de ese camarote.
Por tercera vez me hallaba atrapado entre la espada y la pared, obligado a que las circunstancias fueran lo suficientemente extremas como para lanzarme al abrazo de la muerte.
En el camarote, encontré un baúl rebosante de los más exquisitos alimentos, carnes, pescados, frutas y todo tipo de delicias concebibles por el hombre. También encontré un bodegón lleno de vinos del continente. Tomé una botella de Jerez, del cual había escuchado grandes halagos. Y que delicia, estaba yo sediento como un perro, tras varios días sin haber probado ni gota, y ahora me encontraba como un salvaje devorando toda clase de manjares y vaciando botella tras botella el delicioso vino que me ruborizaba las mejillas y me hacía olvidar todos mis temores.
Ya era de día, me desperté sobresaltado, dolor de cabeza y sensación de mareo, había bebido demasiado y estuve largo rato intentando recapitular todos los hechos. La luz apuñalaba la ventana, una luz sólida y fuerte de un brillante mediodía.
Comí placidamente un delicioso desayuno compuesto por varias piezas de frutas y un suculento trozo de una pierna de cordero. Tras eso, ya abandonando la fiebre que me azotaba y recobrando las fuerzas, decidí inspeccionar el camarote a fondo. Inmediatamente después fui a ver que día era, pero para mi sorpresa no había ningún medidor de tiempo ahí, ni calendarios, ni relojes, nada. Eso me sorprendió de sobremanera, puesto que un capitán necesita saber que día es, que hora y donde están en todo momento. “El Diario de abordo”, una sonrisa se me dibujo en la cara. Tras mucho tiempo de búsqueda incansable, lo halle en el doble fondo de un cajón del escritorio.
“14 de Agosto.
“Yo, el capitán Raymond Joan, me encuentro en una situación especialmente adversa. No creo que vuelva a escribir nada más, pues me quedan pocos minutos de vida. Una vez haya concluido esto, beberé una dosis mortal de veneno, pues temo acabar como los demás pobres infelices de esta tripulación.
“Recogimos hace tres días un bote que naufragaba, en el cual se hallaban tres personas. Dos de ellas parecían un matrimonio adinerado, juzgando por sus pertenencias, los cuales estaban ya muertos desde hacia varias horas y un niño enloquecido que no paraba de gritar como una bestia. El joven parecía su hijo, ya que tenía un porte similar al del padre, pero tenía la ropa desgarrada y sangraba por varias heridas que creímos el mismo se había provocado. Mandé a dos hombres a recoger las pertenencias de los difuntos y al niño, el cual nada más llegar los marineros, le atestó un mordisco en el brazo a Arturo, el cocinero. Este respondió al niño con un severo golpe que lo arrojo al mar y se ahogo.
“La herida era profunda, no había dañado ninguna arteria importante, pero sangraba con abundancia. A las pocas horas, Arturo empezó a sufrir terribles fiebres, sacudiéndose en su litera y delirando. Le dimos de beber ron, para tranquilizarlo y lo encerramos en el camarote bajo llave. Prohibí bajo ningún concepto entrar en la estancia.
“Al anochecer empezó la pesadilla. Su compañero de camarote, Lewis, entro para comprobar su estado, sin ningún permiso, ocultándolo a toda la tripulación.
“Pude ver con mis propios ojos como todos enloquecían. Parece ser que todos enfermaron de rabia y se estaban matando entre sí. Entre corriendo a mi camarote, desde ahí pude ver como la cubierta se llenaba de sangre, la mitad estaban ya muertos, y la otra mitad se estaban peleando como bestias. En menos de un día había perdido a toda mi tripulación, y me hallaba solo y encerrado por miedo a contagiarme.
“Ahora no puedo valerme solo para dirigir el barco y nos encontramos demasiado lejos de cualquier puerto para poder llegar en un bote. Y el destino se mofa de mí, azotando el barco que temo que se hunda, con una tormenta terrible.
“Así y no pudiendo hacer nada más, terminare con todo. Si alguien lee esto, hay un hombre que no se si seguirá vivo o muerto, oculto en la cala del barco, tras una falsa pared de cajas. Ayúdenlo a él si sigue con vida, y si ha muerto, no lo toquéis y marchar de aquí. Este barco esta maldito, no os dejéis guiar por la avaricia.
Raymond Joan, Capitán de Lenore.”

Mi cuerpo se estremecía a medida que iba leyendo la última página del diario. ¿Cuándo había sucedido todo esto? No sabía que día era. Si sabía que embarcamos el día tres de Agosto, por tanto los sucesos se remontaban a no muchos días. No se cuantos había pasado yo encerrado, pero no más de una quincena.
Tiritaba de terror, creo que me vi morir en ese mismo instante por el simple miedo. Quizás aun había alguien de la tripulación, fuera de su juicio, rabioso y acechante. Puede que estuviera al otro lado de la puerta, esperándome.
Tenía provisiones para aguanta otro mes entero. Tenía libros para entretenerme y también tenía un muerto sobre la cama donde debía dormir. Pensé rápido y levantándolo como si fuera un saco de arroz, lo arrojé fuera del camarote entreabriendo la puerta lentamente y cerrándola con llave. Decidí leer algunos libros que pudieran explicarme como orientarme a través de las estrellas y esperar a que alguna corriente amable me arrastre a la costa más próxima.
Ahora han pasado ya siete semanas, no tengo más alimentos ni he podido salir del camarote por miedo. He leído muchos libros de navegación y he aprendido todo lo que podía saber. No puedo dirigir el barco yo solo sin otra ayuda ni tampoco veo la esperanza de alcanzar algún puerto, ya que estoy en medio de la nada del mar. Encontré el veneno de Joan. Queda de sobra para mí. Pero esperaré. Arrojo esta botella al agua, con ella nada toda mi esperanza, por favor, si alguien la encuentra, que trate de ayudarme. Le recompensare copiosamente, ya que en el barco hay más de siete mil libras. No se con exactitud mi situación actual, pero creo que estoy a un millar de kilómetros del estrecho, dirección sudoeste.
Mi esperanza va con esta carta y desconsolado pido ayuda.

William Carter.

lunes, 2 de febrero de 2009

VIaje imaginario (solución para tiempos de crisis)


La luz cae escasa, dejando escapar sus finas hebras entre las densas nubes color plomo, aire de tormenta y repentino frío seco y solido. Bajando desde el Prado hasta la gran vía, me sumerjo en el aislante ambiente de Madrid. El mar de gente, que va y viene, arrollador y destructivo de la propia individualidad, hace que me sienta despistado y con el mapa del metro en las manos, hago garabatos para orientarme. Llevo un abrigo largo, algo pesado y sucio, pero cumple su tarea, unos zapatos cómodos y unos vaqueros azules que disimulan la suciedad. También un sombrero negro, típico de Madrid, por si el frío y la lluvia.

Callejeo intentando salir del atronador parloteo navideño y el murmullo de las bolsas de regalos. Sin saber como, tras una media hora de andar, entre calle y calle, me meto en un café, con un par de euros en el bolsillo como ultima frontera contra la ruina. Sentado en una esquina junto a un tipo abstraído del mundo entre las paginas de una novelilla y sin mirar la carta, silbo al camarero, de semblante indio y piel oscura, orgulloso y estirado como un burgués de los viejo tiempos; un café solo.

Paso las horas estudiando a la gente que sale y entra. Entra una vieja acompañada por una chiquilla, piden un zumo y una copa de anisete. Entra un grupo de jóvenes, armando jaleo, corriendo y riéndose. Entra un tipo desmelenado, se dirige hacia mi sin prestar atención a que la estancia esta medio vacía.
- No compro nada - digo yo en consecuencia a mi pobreza.
- Mi tren no sale hasta las once.
- ¿Su tren? - Le indico con la cabeza el sitio contiguo
- ¿Viaja usted por aquí? - pregunta sin esperar repuesta - yo también, estoy de paso, esta ciudad me abruma, nadie conoce a nadie...
- Ya, provincianos - asiento
- Usted... tiene pinta de extranjero. ¿Del norte?
- Aja
- Las personas del norte pueden ser muy dadas al trabajo, y valoran poco los placeres sencillos. Aunque siempre hay excepciones.
- Yo escribo. Soy columnista de un periódico
- Amigo, entonces me equivoco al afirmar, escribir no es un trabajo, ya lo dijo Inclan, las letras son hambre y miseria.

Le doy un sorbo largo a mi café. A una afirmación tan tajante como aquella, no podría sino ofenderme.
- No se moleste, yo toco el saxo en el metro, y eso tampoco es un trabajo – suspira, levanta la mano con la palma abierta para llamar al estirado.
-¿Es usted músico?
- Bueno si, entre otras cosas -respondió revolviéndose el pelo – colecciono

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