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martes, 10 de febrero de 2009

"Papiroflexia" - Parte 3.

En el despacho la luz seguía siendo ínfima, decantándose entre el denso humo de los tres puros crujiendo al unísono. Al fondo del pasillo se escuchaban golpes, y pasos aproximándose a su destino.
- ¿Y a qué estamos esperando, contramaestre? – siguió Andreu, tras rescatar los cigarros de su mazmorra metálica.
- Ahora lo verán – gruñó el inspector-. Hace relativamente poco, dos agentes fueron avisados por un extraño ruido en las obras del nuevo túnel, al este de la cuidad. Y sendos fueron a parar derechos al hospital. Cuatro huesos rotos el primero – suspiro – y el segundo en coma.
- Ah, si que se las gastan bien estos gamberros de hoy en día. No es de extrañar que mi madre no quiera salir de casa después de la media tarde.
- ¿A usted esto le sigue pareciendo un juego, verdad?
- Para mí todo es juego – atajó –. Los limites de la realidad que vosotros reconocéis axiomática, yo la trato como juego de probabilidades. Verá, es mi oficio – se sacó una baraja de póquer del bolsillo -- ¿Y si el sol no sale mañana?
La baraja empieza a saltar de mano en mano, sucediéndose los rojos y los negros, las picas y los corazones.
- Tome una carta inspector – mostrándosela con la mano izquierda.
- Hm, no me acabo de fiar de este hombre. ¿Nicolás, estas bien seguro de que la pasada noche no nos la jugó?
- ¿Ahora también duda de su propio criterio? – respondiendo con otra pregunta.
Tres agentes abrieron bruscamente la puerta, interrumpiendo la conversación. Traían un bulto cubierto de cuerdas y cadenas, del que se asomaban mechones de grueso pelo marrón y coronado por una bola metálica con agujeros.
- Ahí lo tenéis. Esta cos fue o que agredió a mis hombres, y me pareció interesante que me dijerais lo que es, antes de llenarlo de plomo. A lo mejor recibo el Nóbel por encontrar el eslabón perdido –rió.
Andreu se acerco al bulto jadeante y pasó la mano por el pelo del a franja que debía ser el hombro.
- ¿Nos ha traído aquí por un gorila?
- No exactamente, verá… - acercándose y quitando la mascara de metal que cubría la cabeza del mono.
Hubo una contusión general, los agentes retrocedieron asqueados mientras que Andreu dejó deslizarse su puro de entre los dedos.
- ¿Y bien, saben que demonios es esa mole peluda? -. Gruñó el inspector señalando el bulto de cuerdas y cadenas. La cabeza de la bestia tenía el doble del tamaño natural, con una frente pronunciada que se alzaba encima de los ojos y se hundía dando paso a una nariz gruesa y chata, que reposaba sobre un lecho de pelo. De la boca sobresalían dos colmillos, que como dos montañas se alzaban hasta por encima del labio superior, marrones por debajo y blancos hacia las puntas.
- ¡Ja! Va a resultar verdad lo del Nóbel – bromeó -. Para este asunto debería usted avisar a un antropólogo más que a un ilusionista. Ellos entenderán más de monos que de hombres.
- He tratado de hacerlo, pero hay una conferencia a las afueras, y es prácticamente imposible localizar a ninguno – se justificaba -. Pero he enviado varias cartas a colegas del extranjero, con algunas fotos de la bestia, pero la respuesta tardará aun días.
El bulto empezó a rugir, mostrando las dos filas de afilados dientes, y los temblores de su cuerpo hicieron saltar un par de correas. Una pistola emergió desde la axila del inspector, apuntando la nariz del monstruo.
- No soy una bestia – un rugido grave y tosco salió de las fauces de la criatura. Hacía falta mucha atención para distinguir palabras tras esa voz -. Soy Emmanuel Fredersen, hijo de Joh Fredersen.
- ¿Cómo, tienes nombre? – a la bestia -. ¡Comprobad si hay alguien llamado así! – a los agentes. Los tres salieron dejándonos a nosotros con la criatura
- ¡Soltadme! No os haré daño. Los de anoche me dispararon. Solo trataba de defenderme – repuso -. Trabajo en las obras del túnel.
- ¿Qué trabajas? Eso es tan inverosímil como que hables – masculló el inspector frotándose los ojos. Parecía no poder creer lo que estaba oyendo.
Deja que se exprese, hombre. Nos está dando información muy valiosa. ¿Cómo sino pretendes explicar todo esto? Ya que sabe hablar, demuestra que sabemos escuchar -. Andreu se acercó a la bestia, apartando la pistola del inspector. Todavía le quedaba más de la mitad del puro - ¿Fumas? -. Entonces la bestia tomó una calada de humo, lo que pareció reconfortarle -. Si aprecias los vicios humanos, no puedes ser más que otro hombre más -. Tendiendo la baraja que aun sostenía -. Vamos, elige una carta.
Le soltó varias correas que seguían constriñéndole el movimiento del brazo derecho. El inspector se lanzó sobre él, pero este le paro levantando el dedo índice y meneándolo de lado a lado. Emmanuel cogió con sus dedos negros y peludos una carta, la miró de reojo como si de un jugador profesional se tratara y la depositó de vuelta sobre la baraja. Dos o tres cortes entre las ágiles manos del mago y una carta sobresalía boca arriba, el tres de picas.
- ¿Es esta tu carta?
- ¡Ya lo creo! Si hubiera apostado, de seguro que ahora tendría problemas.
- Ve inspector – cambiando de interlocutor –. Es totalmente humano. Lo único que le hace parecer un animal es su aspecto. ¿No podría soltarle? Cierto es que todo esto parece una confusión, incluso sus dos agentes “rotos”, más no le hagamos creer que desconocemos la cortesía.
- Cortesía dices. ¿Te has vuelto loco, o tú razón no tiene ni pies ni cabeza? – sentándose en su sillón y apoyando la frente en una mano con gesto de desesperación -. ¡Todo esto es una locura! Y tú, comotellames ¿que eres y que hacías trabajando en el túnel?
La bestia tras estar un rato en silencio, empezó a contar su historia. Andreu se lo pasaba en grande escuchando, sentado a los pies del camastro sobre el que este estaba recogido.
“Nací en 1917, hijo de un panadero a quien mi alumbramiento dejó viudo, pues al darme la luz mi madre murió, trabajé hasta los diez y siete años en el negocio familiar. Después fui a la cuidad y encontré un empleo en una cafetería, en la cual siempre había un grupo de científicos embatados, de los cuales con el paso de los años fui haciéndome amigo. Ellos trabajaban en un centro de investigación cercano para una empresa internacional de material de construcción. Un día me dijeron que fuera a visitarlos después de mi turno, a lo cual accedí ilusionado. Lo que ellos querían era proponerme un trato: participar como sujeto en un experimento a cambio de mucho dinero, dinero que yo no podía rechazar si quería dejar esta vida de rata entre turno y turno de trabajo.
Tras pasar dos semanas en un laboratorio, inyectándome ellos algunas enzimas – de hormonas le oí decir una vez – mi cuerpo creció. Empecé a cambiar de forma, “más grande y fuerte” decían ellos. Dejé de comer carne para solo comer frutos y hortalizas, dormía solo dos o tres horas al día y no notaba el cansancio. Al cabo de un mes me llevaron en un furgón a una reunión con varios hombres vestidos de traje. Estos me observaban mientras levantaba peso y aplaudían.
Finalmente me dijeron como ultima parte de trato, necesitaban verme trabajar, y después me pagarían lo prometido. Y así es como acabé aquí”.
- Curioso – prorrumpió Andreu -. Curioso el mundo en el que vivimos. A la sociedad solo le parece interesar la fuerza de trabajo, y he aquí su nuevo juguete. El hombre mono, más fuerte y grande, más barato y eficiente… - miró al inspector que observaba la situación con aire de incredulidad -. ¿Para que clase de rufianes trabaja usted, Molin?
- ¡Esto ya me supera! Primero un monstruo, luego científicos, hormonas, políticos – suspiró -. En lo que a mí respecta, esto es un hombre y por tanto un criminal. Esto es todo lo que quiero saber.
Y así terminó nuestra visita a la comisaría. Dos agentes nos acompañaron hasta la puerta. Pasamos la noche en un café sin abrir la boca más que para beber cervezas. Cuando salimos Andreu dijo a modo de despedida.
-Ah, este mundo esta loco, tiene razón el viejo Molin. ¿Te lo puedes creer, Nicolás? Al final acabaremos siendo todos monos – si es que ya no lo somos – enganchados tan solo a la humanidad pro los vicios, es decir, el consumo. Trabajo y consumo… es todo lo que quedará de nosotros -. Y bajó la calle con la cabeza gacha entre los hombros.

martes, 3 de febrero de 2009

"Papiroflexia" - Parte 2



A la tarde siguiente, después de hacer unos recados, recibí una llamada.

- Inspector Molin, que grata sorpresa. No esperaba escuchar su voz tan temprano, la de anoche fue una tarde muy larga. Que hace que no esta en la cama?
- Mi oficio no conoce el descanso amigo mío. Pero dejémonos de protocolos, necesito su presencia con la máxima urgencia, y si puede traerá a su amigo. Vera usted, nos ha surgido a raíz de lo acontecido anoche, un...- suspira - accidente.
- Monsieur Andreu? Es un hombre ocupado, pero veré que se puede hacer.
- Es un asunto de máxima urgencia Nicolás, gustoso le daría mas detalles al respecto, pero mejor vengan y lo ven ustedes con sus propios ojos. Aun así, y conociendo la naturaleza de los hechos, que no la conozco, a ustedes les agradara estar sentados donde yo estoy sentado, lastima que no todos compartamos la misma suerte.

Colgué el teléfono alarmado, me parecía extraño que el inspector, uno de los hombres más competentes de la ciudad necesitara ayuda externa. Aun así, que es lo que puede haber de relación con el asunto de las sombras. Es cierto que Andreu no me dio detalles, es mas, lo que expuso en aquel salón fue su último y único veredicto. Seguidamente fui a buscarle, pues pocas cosas le gustan menos al inspector que los retrasos, y conociendo a mi amigo, el halo de esperanza estaba descartado.

Llegué a su triste portal que ya desde fuera hacia palidecer el alma del invitado, llame varias veces. Al otro lado del cristal cromado, apareció una sólida silueta. Tras el gemir de las bisagras, una nube de humo gris se extendió fuera del alfeizar y escupió con marcadas sílabas un “Que quieres”.

- Policía, vengo a ver a Monsieur Andreu – mentí.
- Ah, ese granuja, debe estar arriba jugando con sus inventos – suspiro mostrando dos filas de amarillos dientes – Desde que se mudo al ático, ya no hay ni paz ni descanso para la gente decente. Espero que vengan a llevárselo.
- Usted déjeme pasar – ataje – no tengo tiempo que perder con su parloteo.

La nube lanzo un gruñido de disgusto, pero la puerta se abrió y me perdí entre el laberinto de pasillos infestos. Subí escaleras, pasillo a la derecha, más escaleras, aun más a la derecha, más arriba; tenia la impresión de estar coronando el Tártaro desde sus entrañas.

Me costo aun mas trabajo abrirme paso entre sus trastos para llegar al pequeño salón, formado por no mas de dos butacas y una ventana que daba a la pared de enfrente.

- Amigo mío, el inspector me ha llamado hace un par de horas, dice que necesita vernos a ambos.
- Oh, ese viejo, tú no le hagas caso – murmuro desde la cocina – Ven, como prefieres el té.
- Solo, sin azúcar – me quede pensativo. Andreu es un hombre complicado, y no hay forma posible de conseguir meterle ni una pizca de razón en su enredado raciocinio.
- Entonces, ese viejo. Cómo dijiste que se llamaba?
- Molin, es un viejo general del ejército francés.
- Ja, francés eh? Pues vaya, me parece que se ha perdido un poco – dijo asomando la cabeza entre la cortina ocre que colgaba de dos clavos en el alféizar de la cocina – Y con que asunto se supone que nos reclama ese carcamal pretencioso.
- No he dicho que fuera urgente amigo mío – trate de disimular toda mi impaciencia - pero dijo que guardaba relación con lo acontecido anoche. Ese juego tuyo de espejos.

Recibí una cálida risa como respuesta. Y una cabeza asomada desde la cocina me sacaba la lengua.

- No entiendo como puedes estar jugando en un momento así amigo, te lo digo desde el más profundo respeto. Pero el inspector es una persona seria y competente, no nos hubiera requerido si no fuera un asunto de máxima atención – trate de convencer.
- Oh, amigo mío, tu siempre tan susceptible. Relájate, tomate el té y nos vamos. De todas formas esta tarde no tengo nada mejor que hacer – dijo con voz melosa, mas bien parecía un perezoso ronroneo de gato.
- Que más puedo hacer?!
- Al final te vas a quedar sin té amigo – ahora su voz parecía mucho más molesta. Así, y para no enfadarlo, preferí callarme y entretenerme leyendo un libro que tenia en la mesa. Era un libro viejo, de páginas amarillas y rotas por los bordes. No tenía tapa, ni fecha de publicación.

Se dividía en seis capítulos, y cada capitulo a su vez, en tres actos. Leí un breve apartado, apenas dos párrafos, antes de que una de las grandes tazas aterrizara sobre el libro. "La curiosidad no es una virtud" atajó el bribón. Sonreí sin mas, nos tomamos el maldito te y ya pudimos irnos. Al llegar a la comisaría, nos encontramos ante la imagen de una granja de hormigas inundada. Todos corriendo de un lado a otro con anchas carpetas de cuero, gritos, sonido de tacones y olor a tabaco rancio y whisky.

- El inspector?
- Esta en su despacho, junto a aquella mesa - contesto un becario con ojeras.

Antes de entrar en el despacho nos servimos un par de cafés para aparentar, no había que darle juego a Molin, era un perro viejo que podía sacar oro de una piedra.

La luz azul que salpicaba el ordenador, era lo único que iluminaba aquella cueva sin ventanas, los alógenos estaban apagados y apenas se podía distinguir la silueta del viejo en su sillón de cuero negro. En la mesa tenia una montaña de papeles manchados de tinta azul, varias fotos indistinguibles por la oscuridad y una especie de calavera Shekspeariana. Supuse que era de yeso; preferí suponer eso.

- Creo que antes de nada deberías de ver esto - dijo cogiendo el teléfono y ladrando un par de ordenes que no requerían respuesta.
- Pero monsieur Molin, ya que nos ha traído hasta aquí, por cortesía seria menester de compartir los tres un buen puro de esos que confiscan en las calles a jóvenes "m a l e a n t e s".
- Joven impertinente! Os he traído aquí, porque se por seguro que os interesaría colaborar en este "caso", si así se puede llamar.
- Pero aun así, no hemos podido comprar tabaco por las prisas - siguió Andreu con voz risueña.
- Sírvete de lo que quieras condenado, la caja fuerte esta abierta.
- Oh, es usted muy amable, aunque no había conocido a nadie tan tacaño ¿Guarda los puros en la caja fuerte? Supongo que nadamos en aguas internacionales.

"Papiroflexia" - Parte 1



Hora crepuscular en el gran salón de la Mansión Mirador.

Olor a habanos, en una blancura virginal, sumergida en la inocencia sugerida por las formas geométricas del elaborado diseño.
Indicios de fiesta y media docena de invitados acompañados por guardias engabardinados. Leve tumulto en la sala.

El anfitrión, Sr. Gould sentado en el sillón blanco oculta su cara entre mechones negros engominados. Su oscura sombra se derrama sobre el suelo dando a parar con la cabeza en el espejo de plata del otro lado de la estancia.

La sombra llama la atención por su inusual densidad, casi parece vino derramado que mana del espejo y confluye a los pies del viejo, que era mas conocido por ser el dueño de una fabrica al norte, que como por toque de midas lo hizo de oro. Una fortuna bien amasada.

Yo por aquel entonces, hacia migas con un ilusionista, Andreu, cuya especialidad eran las ilusiones ópticas y más concretamente los juegos de sombras.
Era un gran hombre, tanto dentro del escenario, como fuera de él, aunque tenia un mal vivir casi bohemio, si aun se permite utilizar esa palabra en nuestros tiempos.
Habitaba un viejo ático de una casa antigua y ruinosa. No había ascensor, y el olor a orín lo impregnaba todo. Su vida se desarrollaba en el escenario, y fuera de él solo podía hablar sobre lo que hacia dentro.

Andreu pasaba aquella noche conmigo en uno de tantos bares irlandeses que parecen no cerrar nunca. Una llamada directamente al bar interrumpió la acalorada discusión que manteníamos. Se trataba de un tema delicado, una tertulia sobre el arte que tenia como fin desdoblar el lado oculto de la creatividad individual. Problemas económicos al fin y al cavo. El inspector jefe, que tenia una estrecha relación de amistad con migo, necesitaba nuestra presencia en el lugar de un crimen que tenia perpleja la buena mitad de la policía bretona.

En media hora nos encontrábamos dentro de la Mansión Mirador. Tras colgar el sombrero en la muñeca de una estatua de mármol que coronaba la escalera de caracol, irrumpimos en el Salón. Ante el impactante panorama que nos ofrecía la noche, Andreu no tuvo otra cosa que sonreír, y con un gesto de cómplice, me hizo apartarme a un lado.

Se puso justo en la mitad del eje que separaba al muerto del espejo, y como si estuviera frente a un público algo perezoso, alzo la voz llamando la atención con aires de director de circo y cortésmente se dirigió a los presentes.

"Damas y Caballeros, esta noche asistimos a un macabro espectáculo, hechos inusuales brindados por el azar.

En el crepúsculo, el mundo de los vivos y el mundo de los que ya partieron al otro lado de la Laguna, en encuentran momentáneamente en el mismo plano difractándose como dos ondas cualesquiera. El Sr. Gould ahí sentado, casualmente, como es costumbre que los hechos inusuales sean producto de contingencias inconexas, apuraba la copa de vino y dejaba este mundo en el preciso instante en el que ambos planos colisionaban. Su sombra, que ya no era suya, libre de ataduras y empapada en humo y vino, fue a parar en el espejo de plata, dejando en el suelo una larga cola. Esa cola, no es otra cosa que la fuerza afectiva de Gould por aferrarse a este mundo, y como las lagartijas, la sombra se separo de su prisión, dejando atrás toda relación con este mundo, que ustedes y yo pisamos. Así, lo que veis no es la sombra del Sr. Gould, sino un halo de vida, que empaño el suelo y la pared. La sombra, y con ella lo que ustedes llamarían alma de ese pobre anciano, han quedado atrapadas en el mundo especular, lo mejor seria tapar el espejo y guardarlo bien.

Por los demás, murió envenenado. El resto os lo dejo a ustedes."

Tras pronunciarse, tapo el espejo con una de las gabardinas de los guardias y lo perdió entre los pliegues de su abrigo.

Volvimos al bar sin entretenernos demasiado, y continuamos la conversación con el camarero. Una placida sonrisa cicatrizaba en la cara de Andreu.

Tras estos acontecimientos, estuve reflexionando largo y tendido sobre las contingencias y sus efectos. Al final todo desemboco en una fobia a los espejos, ya que me parecía ver al Sr. Gould asomarse de entre la penumbra del crepúsculo, esperándome al otro lado. A fin de cuentas, no tardaría mucho en ir a parar a su lado.