lunes, 16 de febrero de 2009

805: Respuestas Nocturnas




Un coco más. Haremos... ¡otro final!


¡Buenas noches!
¿A qué te dedicas?
¿Cuál es tu profesión?
¿Cuantas letras tiene tu profesión?
Me preguntó la presentadora
De teleconcurso.

Absorto, parome a pensar
y afirmé con inercia
mientras decía -no sin querer-
“Ocho -aprender-”.

Y acerté, sin merecerlo,
el concurso más inútil
de toda la velada.



[...] Así continuaban pasando las noches y, a lo lejos, en el horizonte, seguía sin aparecer un ápice de cordura. Tan sólo se oía el insoportable chasquido de dedos que contínuamente le hacía reflexionar sobre la genial idea de cambiar a su madre, su querida madre, por aquella lavadora automática, que le permitiría incorporarse a un nuevo oficio. El Encantaplumas le llamaban. Sabía que lo necesitaba y, en cualquier instante, iba a ser suyo...

viernes, 13 de febrero de 2009

Malas Compañías


Parece que este coco naúfrago no navegará a la deriva en soledad, contribuye a la búsqueda de aquél islote que le acoja un fiel compañero de marras. Desde hoy partiremos hacia buen puerto.

De momento, un regalo de bienvenida:


Ya no quedan Max Estrellas

De tan mala suerte

No así de buen receso.


Compañeros de desgracias e infortunios

Relámpagos que atraviesan circunstancias

Temerosamente admiradas

Por idearios

Despreciados, como meras bagatelas


Ya no sienten disfrutar la melopea

De la noche que embriaga

Cual perfume sorprendente

Que deja caer miradas a su paso


Ya no gustan de arrabaleros

Que hacen de la vida su paseo

Sorprendidos, eliminando así

Su paso sorprendente,

Al triste olvido quedaron encerrados.


Y ya no buscan de hacer sus mañas

Aquellos transgresores de

La vida y la palabra

Consiguiendo que bajo tristes líneas

Escape mi débil queja.


Y así que pasen otros 20 años...

miércoles, 11 de febrero de 2009

El cuadro subconciente. Sueño primero.


En las estanterías de la pequeña biblioteca, los libros sobre economía se amontonaban sobre otros grandes ejemplares de arquitectura. Fotos y comentaros a pie de pagina se mezclaban confusamente con medias y números sin sentido. La probabilidad de encontrar nada relevante entre ese montón de paginas era nula, cualquiera que hubiera leído tan solo uno de esos libros lo sabría con certeza.

Y ciertamente, certeza era lo que le faltaba a Víctor. Cada tres meses iba sin falta a la misma librería de siempre, que pasó de manos del abuelo al padre, que a su vez se la pasó al hijo, dando así otro giro más a la tuerca del tiempo. Y no es de extrañar que Víctor tuviera la certeza de la ciclicidad del tiempo, certeza que se fue volviendo opaca con los años, al pasar la ardiente época de los ideales juveniles. Ya tan solo quedaba de ella una escasa sombra, una fe en cierto modo antisistema, políticamente incorrecta, y en resumen, imposible de pronunciar en alta voz.

Y cada tres meses en la misma librería, se acercaba al mismo estante – el primero, mirando hacia la derecha – de economía y arquitectura, eligiendo libros al azar, azar de los atractivos títulos sin contenido, con la esperanza puesta en poder impresionar a algún visitante inesperado. Pensaba con asiduidad en el glorioso día, cuando su jefe vendría a su casa, y entre comentarios amistosos y halagos, le propondría un ascenso.

Tampoco eso podía ser nada cierto, quizás porque su jefe le seguía llamando “chico” aun a pesar de su edad, que dejó vencer a la gravedad sobre la tensa firmeza de otros tiempos, y el peso del tiempo le tirada de las comisuras de la boca, de los parpados y de cualquier pliegue de la piel que utilizara al menos una vez al día, en dirección al centro de la tierra. Y justo aquel día, el quince de marzo, trató de invitar a su jefe a cenar – como soñaba cada tres meses poder hacer –, y su intento quedó tan ridículamente mal expresado, que entre tartamudeos y sonrisas, el jefe creyó ver una petición de aumento. Como buen jefe, se dirigió firmemente a Víctor: “Sabes, chico, llevas aquí muchos años, lo sé con certeza. Un buen jefe lo sabe todo sobre sus empleados, y haces bien tu trabajo (cualquiera que fuese), más en los tiempos que corren, todos hemos de pasar por algunas dificultades, eso sí, por el bien de un futuro mejor. No quisiera por tanto tener que ponerme en el compromiso de decidir si con los años has perdido la eficiencia de antaño, o sí bien, lo que quieres es un cambio de ambiente. ¿No se si entiendes a lo que me refiero? Verás, yo me preocupo por mis empleados y, demonios, tomate el resto de la tarde libre”.

Estaba en un apuro, ya que ni sabía quien era, ni lo que hacía, lo que sí sabía es que llevaba desde antes incluso de que él mismo llegara a la empresa como becario. Y también sabía de economía, y lo caro que sería un despido improcedente tras varias décadas.

Víctor, como era de su carácter, temió ese despido improcedente, y llegado a casa entró en un estado de completa melancolía. La empresa, curiosamente, era una destacada editorial a nivel nacional, y él se ocupaba del archivo. La arquitectura de su biblioteca era entonces, un sueño que no tuvo valor de retomar tras un primer fracaso, y la economía, la esperanza de impresionar a su jefe. Y todo convergía en el mismo punto, un ascenso a un puesto – nadie sabía cual – que le daría mayor estabilidad y le permitiría salir de su rango de mopa social.
“Quizás la soledad era la causa de todo”, pensó, más sin detenerse en tan lacrimosa idea, cogió un libro cualquiera del estante. Al libro le siguió una hebra gruesa de polvo, y esta rescato a su vez una foto polaroid que cayó al suelo. La miró de reojo, “Rusia”, el noventa y algo… Los años de su juventud que ya mucho tiempo atrás dejó en esa librería. Detrás del tiempo, del polvo, de los sueños rotos y la soledad, muy al fondo.

No se molestó en cogerla, la nostalgia siempre le asqueaba, y temía ser presa del llanto inconsolable de su decepcionante melancolía.

El sofá del salón – comedor – cocina, tampoco era gran cosa. Ni de cerca era como los sofás lujosos de vivos colores que algunas veces veía en las revistas de muebles suecos. Más bien eran tres cojines horizontales, con estampado floral, de la especie marchita, y otros tres verticales. Los colores hacían hastiarse hasta las flores del propio dibujo, más la combinación era ideal con las cortinas, y el mueble repleto de copas nunca usadas. Pero “siempre venía bien tener copas, por si hay una visita inesperada con alguna gran noticia”. Y cayó con la mirada grave y cristalina en una hoja cualquiera de su libro abierto por una pagina “x”.

“La concepción marxiana del capital económico” era el prometedor título de la distracción de su tarde libre, y no tardó en dormirse.

“El río adolescente se perdía en el llanto,
Gozosamente triste, como el corazón, cuando,
Harto de su belleza, quiere
Hundirse en el cauce del tiempo”.
Hölderin.

Sueña:

Un tren que sale de la estación. Frío. El cielo cubierto por nubes oscuras y el andén embarrado por el reciente deshielo. Nieve, agua y barro bajo los pies de varias figuras entre sombras. Varias de ellas, viejas y encorvadas, otras, igualmente viejas pero enfrentándose a la gravedad del tiempo.

Víctor nota que está asomado por la ventana del tren en marcha. ¿Se marcha por tanto él también? ¿Dónde? Siente de golpe un puño apretándole el corazón, llora y grita a viva voz palabras que no comprende.

Una de las figuras corre hacía él, llorando también. Pelo negro y escaso, corpulento, traje oscuro y un reloj en la mano. Víctor toma el regalo y ve como la distancia deja a las figuras en el horizonte.

Vuelve a ver la estación esta vez no hay tren, solo gente y bultos con ropa y comida. Él mismo lleva uno a la espalda. Van pasando por un pasillo de ladrillos rojos, pancartas en colores grises, y barro, mucho barro. “Debe ser primavera”. Su madre lo sostiene con firmeza de la mano, los dedos finos y rosados por el frío de aquella hermosa mujer le constriñen la muñeca hasta el llanto. Discute, recuerda el reloj y se hurga los bolsillos con la mano libre.

El reloj, dorado por los bordes, y en el reverso media circunferencia de metal que se tambalea al suave ritmo del tranvía. “Es para que se cargue su batería, así no necesita pilas. Aunque eres demasiado joven para tenerlo todavía”. Y la voz desaparece, arrebatándole el reloj. Y con el reloj también ese tiempo tan querido. Siente como se va haciendo viejo por instantes, y despierta.

martes, 10 de febrero de 2009

"Papiroflexia" - Parte 3.

En el despacho la luz seguía siendo ínfima, decantándose entre el denso humo de los tres puros crujiendo al unísono. Al fondo del pasillo se escuchaban golpes, y pasos aproximándose a su destino.
- ¿Y a qué estamos esperando, contramaestre? – siguió Andreu, tras rescatar los cigarros de su mazmorra metálica.
- Ahora lo verán – gruñó el inspector-. Hace relativamente poco, dos agentes fueron avisados por un extraño ruido en las obras del nuevo túnel, al este de la cuidad. Y sendos fueron a parar derechos al hospital. Cuatro huesos rotos el primero – suspiro – y el segundo en coma.
- Ah, si que se las gastan bien estos gamberros de hoy en día. No es de extrañar que mi madre no quiera salir de casa después de la media tarde.
- ¿A usted esto le sigue pareciendo un juego, verdad?
- Para mí todo es juego – atajó –. Los limites de la realidad que vosotros reconocéis axiomática, yo la trato como juego de probabilidades. Verá, es mi oficio – se sacó una baraja de póquer del bolsillo -- ¿Y si el sol no sale mañana?
La baraja empieza a saltar de mano en mano, sucediéndose los rojos y los negros, las picas y los corazones.
- Tome una carta inspector – mostrándosela con la mano izquierda.
- Hm, no me acabo de fiar de este hombre. ¿Nicolás, estas bien seguro de que la pasada noche no nos la jugó?
- ¿Ahora también duda de su propio criterio? – respondiendo con otra pregunta.
Tres agentes abrieron bruscamente la puerta, interrumpiendo la conversación. Traían un bulto cubierto de cuerdas y cadenas, del que se asomaban mechones de grueso pelo marrón y coronado por una bola metálica con agujeros.
- Ahí lo tenéis. Esta cos fue o que agredió a mis hombres, y me pareció interesante que me dijerais lo que es, antes de llenarlo de plomo. A lo mejor recibo el Nóbel por encontrar el eslabón perdido –rió.
Andreu se acerco al bulto jadeante y pasó la mano por el pelo del a franja que debía ser el hombro.
- ¿Nos ha traído aquí por un gorila?
- No exactamente, verá… - acercándose y quitando la mascara de metal que cubría la cabeza del mono.
Hubo una contusión general, los agentes retrocedieron asqueados mientras que Andreu dejó deslizarse su puro de entre los dedos.
- ¿Y bien, saben que demonios es esa mole peluda? -. Gruñó el inspector señalando el bulto de cuerdas y cadenas. La cabeza de la bestia tenía el doble del tamaño natural, con una frente pronunciada que se alzaba encima de los ojos y se hundía dando paso a una nariz gruesa y chata, que reposaba sobre un lecho de pelo. De la boca sobresalían dos colmillos, que como dos montañas se alzaban hasta por encima del labio superior, marrones por debajo y blancos hacia las puntas.
- ¡Ja! Va a resultar verdad lo del Nóbel – bromeó -. Para este asunto debería usted avisar a un antropólogo más que a un ilusionista. Ellos entenderán más de monos que de hombres.
- He tratado de hacerlo, pero hay una conferencia a las afueras, y es prácticamente imposible localizar a ninguno – se justificaba -. Pero he enviado varias cartas a colegas del extranjero, con algunas fotos de la bestia, pero la respuesta tardará aun días.
El bulto empezó a rugir, mostrando las dos filas de afilados dientes, y los temblores de su cuerpo hicieron saltar un par de correas. Una pistola emergió desde la axila del inspector, apuntando la nariz del monstruo.
- No soy una bestia – un rugido grave y tosco salió de las fauces de la criatura. Hacía falta mucha atención para distinguir palabras tras esa voz -. Soy Emmanuel Fredersen, hijo de Joh Fredersen.
- ¿Cómo, tienes nombre? – a la bestia -. ¡Comprobad si hay alguien llamado así! – a los agentes. Los tres salieron dejándonos a nosotros con la criatura
- ¡Soltadme! No os haré daño. Los de anoche me dispararon. Solo trataba de defenderme – repuso -. Trabajo en las obras del túnel.
- ¿Qué trabajas? Eso es tan inverosímil como que hables – masculló el inspector frotándose los ojos. Parecía no poder creer lo que estaba oyendo.
Deja que se exprese, hombre. Nos está dando información muy valiosa. ¿Cómo sino pretendes explicar todo esto? Ya que sabe hablar, demuestra que sabemos escuchar -. Andreu se acercó a la bestia, apartando la pistola del inspector. Todavía le quedaba más de la mitad del puro - ¿Fumas? -. Entonces la bestia tomó una calada de humo, lo que pareció reconfortarle -. Si aprecias los vicios humanos, no puedes ser más que otro hombre más -. Tendiendo la baraja que aun sostenía -. Vamos, elige una carta.
Le soltó varias correas que seguían constriñéndole el movimiento del brazo derecho. El inspector se lanzó sobre él, pero este le paro levantando el dedo índice y meneándolo de lado a lado. Emmanuel cogió con sus dedos negros y peludos una carta, la miró de reojo como si de un jugador profesional se tratara y la depositó de vuelta sobre la baraja. Dos o tres cortes entre las ágiles manos del mago y una carta sobresalía boca arriba, el tres de picas.
- ¿Es esta tu carta?
- ¡Ya lo creo! Si hubiera apostado, de seguro que ahora tendría problemas.
- Ve inspector – cambiando de interlocutor –. Es totalmente humano. Lo único que le hace parecer un animal es su aspecto. ¿No podría soltarle? Cierto es que todo esto parece una confusión, incluso sus dos agentes “rotos”, más no le hagamos creer que desconocemos la cortesía.
- Cortesía dices. ¿Te has vuelto loco, o tú razón no tiene ni pies ni cabeza? – sentándose en su sillón y apoyando la frente en una mano con gesto de desesperación -. ¡Todo esto es una locura! Y tú, comotellames ¿que eres y que hacías trabajando en el túnel?
La bestia tras estar un rato en silencio, empezó a contar su historia. Andreu se lo pasaba en grande escuchando, sentado a los pies del camastro sobre el que este estaba recogido.
“Nací en 1917, hijo de un panadero a quien mi alumbramiento dejó viudo, pues al darme la luz mi madre murió, trabajé hasta los diez y siete años en el negocio familiar. Después fui a la cuidad y encontré un empleo en una cafetería, en la cual siempre había un grupo de científicos embatados, de los cuales con el paso de los años fui haciéndome amigo. Ellos trabajaban en un centro de investigación cercano para una empresa internacional de material de construcción. Un día me dijeron que fuera a visitarlos después de mi turno, a lo cual accedí ilusionado. Lo que ellos querían era proponerme un trato: participar como sujeto en un experimento a cambio de mucho dinero, dinero que yo no podía rechazar si quería dejar esta vida de rata entre turno y turno de trabajo.
Tras pasar dos semanas en un laboratorio, inyectándome ellos algunas enzimas – de hormonas le oí decir una vez – mi cuerpo creció. Empecé a cambiar de forma, “más grande y fuerte” decían ellos. Dejé de comer carne para solo comer frutos y hortalizas, dormía solo dos o tres horas al día y no notaba el cansancio. Al cabo de un mes me llevaron en un furgón a una reunión con varios hombres vestidos de traje. Estos me observaban mientras levantaba peso y aplaudían.
Finalmente me dijeron como ultima parte de trato, necesitaban verme trabajar, y después me pagarían lo prometido. Y así es como acabé aquí”.
- Curioso – prorrumpió Andreu -. Curioso el mundo en el que vivimos. A la sociedad solo le parece interesar la fuerza de trabajo, y he aquí su nuevo juguete. El hombre mono, más fuerte y grande, más barato y eficiente… - miró al inspector que observaba la situación con aire de incredulidad -. ¿Para que clase de rufianes trabaja usted, Molin?
- ¡Esto ya me supera! Primero un monstruo, luego científicos, hormonas, políticos – suspiró -. En lo que a mí respecta, esto es un hombre y por tanto un criminal. Esto es todo lo que quiero saber.
Y así terminó nuestra visita a la comisaría. Dos agentes nos acompañaron hasta la puerta. Pasamos la noche en un café sin abrir la boca más que para beber cervezas. Cuando salimos Andreu dijo a modo de despedida.
-Ah, este mundo esta loco, tiene razón el viejo Molin. ¿Te lo puedes creer, Nicolás? Al final acabaremos siendo todos monos – si es que ya no lo somos – enganchados tan solo a la humanidad pro los vicios, es decir, el consumo. Trabajo y consumo… es todo lo que quedará de nosotros -. Y bajó la calle con la cabeza gacha entre los hombros.

sábado, 7 de febrero de 2009

"Las polillas" - Acto 3, escena 2


En una de las calles centrales, frente a la catedral del centro, un predicador con los ojos fuera de las orbitas berreaba sentencias ante el populacho, encaramado sobre una caja.
- Vosotros malas bestias, vosotros hijos de Satanás, infieles, repugnante tiña de gusanos, puercos adoradores de Mahoma…
- ¡Bravo! – gritaba uno de entre la multitud.
- Despojo de viejo – gritaba otro con greñas y barba.
- Sutil, sutil, sutil – canturreaba un niño, que hacía un rato había aprendido una palabra nueva, mientras señalaba la masa de piedras con crucifijos.
- ¡…este es vuestro imperio! – volvió a la carga, lanzando un puñado de tierra que se había sacado del bolsillo. Llevaba ensayando ese número durante semanas, y muchas copas le hicieron falta para salir a la calle.
- ¡¡¡Chas!!! – un gran estruendo al fondo.
La nubecilla de tierra gris fue llevada por el viento y dio a parar en los ojos de un conductor que, distraído, miraba a través de la ventana. Este atravesó dos parabrisas, yendo a parar al coche de enfrente. El metal de doblo – como estaba previsto que hiciera – y todos fueron cubiertos por un copioso baño de tinte rojo.
El único del público que realmente se sorprendió por lo acontecido era un perro. Un perro muy bien educado por cierto, se había dejado ver con los más famosos canes, las altas alcurnias de su género.
- Inmundicia de hombres. ¡Siempre son tan groseros a la hora de morir! Si no montan un escándalo no se van felices…
- ¡Veis lo que os pasa! Os entregáis a la orgía, la sodomía… ¡¡¡oh el pecado!!! – y al terminar se deshizo en una nube de humo rosa.
- ¡Paso, paso! ¡Una mujer preñada y gorda se encuentra mal! ¡Gloria a los hijos de la patria! – siguió el can, tirando de su dueña que no por preñada sino por glotona, estaba cogiendo un haz de colores verdosos.
Sin duda Tomás se lo estaba pasando en grande. Todo estaba saliendo a pedir de boca, “el no – contenido, contenido en su obra era el glorioso reflejo de un genio sin igual.” Pensaba en voz alta maravillándose del espectáculo.

Al borde de la crisálida que envolvía la ciudad, un pequeño barco se mecía sobre la tranquila corriente. Un pescador con la cara envuelta en vendas sacaba una sirena del agua.

Imagen desde : http://luisledesma.deviantart.com/art/predicador-de-mercado-90271131

martes, 3 de febrero de 2009

"Papiroflexia" - Parte 2



A la tarde siguiente, después de hacer unos recados, recibí una llamada.

- Inspector Molin, que grata sorpresa. No esperaba escuchar su voz tan temprano, la de anoche fue una tarde muy larga. Que hace que no esta en la cama?
- Mi oficio no conoce el descanso amigo mío. Pero dejémonos de protocolos, necesito su presencia con la máxima urgencia, y si puede traerá a su amigo. Vera usted, nos ha surgido a raíz de lo acontecido anoche, un...- suspira - accidente.
- Monsieur Andreu? Es un hombre ocupado, pero veré que se puede hacer.
- Es un asunto de máxima urgencia Nicolás, gustoso le daría mas detalles al respecto, pero mejor vengan y lo ven ustedes con sus propios ojos. Aun así, y conociendo la naturaleza de los hechos, que no la conozco, a ustedes les agradara estar sentados donde yo estoy sentado, lastima que no todos compartamos la misma suerte.

Colgué el teléfono alarmado, me parecía extraño que el inspector, uno de los hombres más competentes de la ciudad necesitara ayuda externa. Aun así, que es lo que puede haber de relación con el asunto de las sombras. Es cierto que Andreu no me dio detalles, es mas, lo que expuso en aquel salón fue su último y único veredicto. Seguidamente fui a buscarle, pues pocas cosas le gustan menos al inspector que los retrasos, y conociendo a mi amigo, el halo de esperanza estaba descartado.

Llegué a su triste portal que ya desde fuera hacia palidecer el alma del invitado, llame varias veces. Al otro lado del cristal cromado, apareció una sólida silueta. Tras el gemir de las bisagras, una nube de humo gris se extendió fuera del alfeizar y escupió con marcadas sílabas un “Que quieres”.

- Policía, vengo a ver a Monsieur Andreu – mentí.
- Ah, ese granuja, debe estar arriba jugando con sus inventos – suspiro mostrando dos filas de amarillos dientes – Desde que se mudo al ático, ya no hay ni paz ni descanso para la gente decente. Espero que vengan a llevárselo.
- Usted déjeme pasar – ataje – no tengo tiempo que perder con su parloteo.

La nube lanzo un gruñido de disgusto, pero la puerta se abrió y me perdí entre el laberinto de pasillos infestos. Subí escaleras, pasillo a la derecha, más escaleras, aun más a la derecha, más arriba; tenia la impresión de estar coronando el Tártaro desde sus entrañas.

Me costo aun mas trabajo abrirme paso entre sus trastos para llegar al pequeño salón, formado por no mas de dos butacas y una ventana que daba a la pared de enfrente.

- Amigo mío, el inspector me ha llamado hace un par de horas, dice que necesita vernos a ambos.
- Oh, ese viejo, tú no le hagas caso – murmuro desde la cocina – Ven, como prefieres el té.
- Solo, sin azúcar – me quede pensativo. Andreu es un hombre complicado, y no hay forma posible de conseguir meterle ni una pizca de razón en su enredado raciocinio.
- Entonces, ese viejo. Cómo dijiste que se llamaba?
- Molin, es un viejo general del ejército francés.
- Ja, francés eh? Pues vaya, me parece que se ha perdido un poco – dijo asomando la cabeza entre la cortina ocre que colgaba de dos clavos en el alféizar de la cocina – Y con que asunto se supone que nos reclama ese carcamal pretencioso.
- No he dicho que fuera urgente amigo mío – trate de disimular toda mi impaciencia - pero dijo que guardaba relación con lo acontecido anoche. Ese juego tuyo de espejos.

Recibí una cálida risa como respuesta. Y una cabeza asomada desde la cocina me sacaba la lengua.

- No entiendo como puedes estar jugando en un momento así amigo, te lo digo desde el más profundo respeto. Pero el inspector es una persona seria y competente, no nos hubiera requerido si no fuera un asunto de máxima atención – trate de convencer.
- Oh, amigo mío, tu siempre tan susceptible. Relájate, tomate el té y nos vamos. De todas formas esta tarde no tengo nada mejor que hacer – dijo con voz melosa, mas bien parecía un perezoso ronroneo de gato.
- Que más puedo hacer?!
- Al final te vas a quedar sin té amigo – ahora su voz parecía mucho más molesta. Así, y para no enfadarlo, preferí callarme y entretenerme leyendo un libro que tenia en la mesa. Era un libro viejo, de páginas amarillas y rotas por los bordes. No tenía tapa, ni fecha de publicación.

Se dividía en seis capítulos, y cada capitulo a su vez, en tres actos. Leí un breve apartado, apenas dos párrafos, antes de que una de las grandes tazas aterrizara sobre el libro. "La curiosidad no es una virtud" atajó el bribón. Sonreí sin mas, nos tomamos el maldito te y ya pudimos irnos. Al llegar a la comisaría, nos encontramos ante la imagen de una granja de hormigas inundada. Todos corriendo de un lado a otro con anchas carpetas de cuero, gritos, sonido de tacones y olor a tabaco rancio y whisky.

- El inspector?
- Esta en su despacho, junto a aquella mesa - contesto un becario con ojeras.

Antes de entrar en el despacho nos servimos un par de cafés para aparentar, no había que darle juego a Molin, era un perro viejo que podía sacar oro de una piedra.

La luz azul que salpicaba el ordenador, era lo único que iluminaba aquella cueva sin ventanas, los alógenos estaban apagados y apenas se podía distinguir la silueta del viejo en su sillón de cuero negro. En la mesa tenia una montaña de papeles manchados de tinta azul, varias fotos indistinguibles por la oscuridad y una especie de calavera Shekspeariana. Supuse que era de yeso; preferí suponer eso.

- Creo que antes de nada deberías de ver esto - dijo cogiendo el teléfono y ladrando un par de ordenes que no requerían respuesta.
- Pero monsieur Molin, ya que nos ha traído hasta aquí, por cortesía seria menester de compartir los tres un buen puro de esos que confiscan en las calles a jóvenes "m a l e a n t e s".
- Joven impertinente! Os he traído aquí, porque se por seguro que os interesaría colaborar en este "caso", si así se puede llamar.
- Pero aun así, no hemos podido comprar tabaco por las prisas - siguió Andreu con voz risueña.
- Sírvete de lo que quieras condenado, la caja fuerte esta abierta.
- Oh, es usted muy amable, aunque no había conocido a nadie tan tacaño ¿Guarda los puros en la caja fuerte? Supongo que nadamos en aguas internacionales.

"Papiroflexia" - Parte 1



Hora crepuscular en el gran salón de la Mansión Mirador.

Olor a habanos, en una blancura virginal, sumergida en la inocencia sugerida por las formas geométricas del elaborado diseño.
Indicios de fiesta y media docena de invitados acompañados por guardias engabardinados. Leve tumulto en la sala.

El anfitrión, Sr. Gould sentado en el sillón blanco oculta su cara entre mechones negros engominados. Su oscura sombra se derrama sobre el suelo dando a parar con la cabeza en el espejo de plata del otro lado de la estancia.

La sombra llama la atención por su inusual densidad, casi parece vino derramado que mana del espejo y confluye a los pies del viejo, que era mas conocido por ser el dueño de una fabrica al norte, que como por toque de midas lo hizo de oro. Una fortuna bien amasada.

Yo por aquel entonces, hacia migas con un ilusionista, Andreu, cuya especialidad eran las ilusiones ópticas y más concretamente los juegos de sombras.
Era un gran hombre, tanto dentro del escenario, como fuera de él, aunque tenia un mal vivir casi bohemio, si aun se permite utilizar esa palabra en nuestros tiempos.
Habitaba un viejo ático de una casa antigua y ruinosa. No había ascensor, y el olor a orín lo impregnaba todo. Su vida se desarrollaba en el escenario, y fuera de él solo podía hablar sobre lo que hacia dentro.

Andreu pasaba aquella noche conmigo en uno de tantos bares irlandeses que parecen no cerrar nunca. Una llamada directamente al bar interrumpió la acalorada discusión que manteníamos. Se trataba de un tema delicado, una tertulia sobre el arte que tenia como fin desdoblar el lado oculto de la creatividad individual. Problemas económicos al fin y al cavo. El inspector jefe, que tenia una estrecha relación de amistad con migo, necesitaba nuestra presencia en el lugar de un crimen que tenia perpleja la buena mitad de la policía bretona.

En media hora nos encontrábamos dentro de la Mansión Mirador. Tras colgar el sombrero en la muñeca de una estatua de mármol que coronaba la escalera de caracol, irrumpimos en el Salón. Ante el impactante panorama que nos ofrecía la noche, Andreu no tuvo otra cosa que sonreír, y con un gesto de cómplice, me hizo apartarme a un lado.

Se puso justo en la mitad del eje que separaba al muerto del espejo, y como si estuviera frente a un público algo perezoso, alzo la voz llamando la atención con aires de director de circo y cortésmente se dirigió a los presentes.

"Damas y Caballeros, esta noche asistimos a un macabro espectáculo, hechos inusuales brindados por el azar.

En el crepúsculo, el mundo de los vivos y el mundo de los que ya partieron al otro lado de la Laguna, en encuentran momentáneamente en el mismo plano difractándose como dos ondas cualesquiera. El Sr. Gould ahí sentado, casualmente, como es costumbre que los hechos inusuales sean producto de contingencias inconexas, apuraba la copa de vino y dejaba este mundo en el preciso instante en el que ambos planos colisionaban. Su sombra, que ya no era suya, libre de ataduras y empapada en humo y vino, fue a parar en el espejo de plata, dejando en el suelo una larga cola. Esa cola, no es otra cosa que la fuerza afectiva de Gould por aferrarse a este mundo, y como las lagartijas, la sombra se separo de su prisión, dejando atrás toda relación con este mundo, que ustedes y yo pisamos. Así, lo que veis no es la sombra del Sr. Gould, sino un halo de vida, que empaño el suelo y la pared. La sombra, y con ella lo que ustedes llamarían alma de ese pobre anciano, han quedado atrapadas en el mundo especular, lo mejor seria tapar el espejo y guardarlo bien.

Por los demás, murió envenenado. El resto os lo dejo a ustedes."

Tras pronunciarse, tapo el espejo con una de las gabardinas de los guardias y lo perdió entre los pliegues de su abrigo.

Volvimos al bar sin entretenernos demasiado, y continuamos la conversación con el camarero. Una placida sonrisa cicatrizaba en la cara de Andreu.

Tras estos acontecimientos, estuve reflexionando largo y tendido sobre las contingencias y sus efectos. Al final todo desemboco en una fobia a los espejos, ya que me parecía ver al Sr. Gould asomarse de entre la penumbra del crepúsculo, esperándome al otro lado. A fin de cuentas, no tardaría mucho en ir a parar a su lado.

"Las polillas" - Acto 3, escena 1




Acto III. Escena I.
- ¿Le pasará algo a ese cabrón? – un intermitente silencio, entre suspiros, llantos y sonido del cuero estirándose. Todos habíamos oído lo de su casa, pero nadie pudo contactar con el, ni móvil, ni mail, nada, ese tipo se había borrado a si mismo de entre nosotros.
- ¿Mujeres? – Alex ya no sonreía.
- ¿Siendo él como es? No creo, esto es algo más grave. Estará deprimido.
Él lo oyó todo, desde las paredes, desde los recovecos de un bosque repleto de maleza. Allí, solo había que fijarse bien y se vería su melena enredada entre varios árboles verdosos. Como un lobo acecharte, pero quieto.

“¿Como he de actuar ahora? Cuando cae una piedra en medio de un bosque desierto, nadie la oye, hace falta algo lo bastante grande para que se estremezca todo el continente.”
Borja seguía fumando, tenía un luky en la mano, otro en la boca y una cerveza entre los pies. El negro escorpión correteaba alrededor suya. Una enredadera que colgaba desmesurada de una terraza saliente le protegía del sol. De repente, una ráfaga de viento aparto las densas hojas, dejando que un pequeño rayo de luz penetrara entre su sombra personal. Vio las cosas claras. Era como un emperador chino, que reinaba, pero nadie sabia quien era su señor ya que el imperio era demasiado extenso, y las noticias no podían recorrer la distancia desde el palacio hasta el pueblo más cercano en el tiempo en el que duraba una vida.
- Algo grande, lo bastante. – una sonrisa orgullosa iluminó su frío y tenso semblante. – Quizás el otro pueda ayudarme.

Tomas estaba enredado en una crisálida brillante de colores rubíes, estaba creando, estaba perdido y creando. La habitación estaba llena de sensaciones, sensaciones dulcemente confeccionadas. Las paredes estaban revestidas de colores aterciopelados que se deshacían y volvían a resurgir dando nuevas formas, nuevos dibujos acrílicos que salían y bebían trementina a largos tragos. Una gran orgía de impresiones lumínicas como neones fluorescentes en una noche decadente. Estaba conectado y volaba.
En pocos minutos la ciudad entera era suya, toda la ciudad dominada por una especie de dios Eros. Rostros lejanos de gente que reía, todo era una entretejida red, un pacto con el diablo bien consumado. El caos había invadido todo.

"Las polillas" - Acto 2, escena 4

Escena IV.
A la mañana siguiente un torrente de información ataco la cabeza de Ruso. Se levantó como de costumbre en su cama, empapada de vomito, sin acordarse de nada claro. Sabia que anoche salió, que Borja había desaparecido, que acabo jugando a las cartas con Alberto y unos amigos suyos en la Guarida, que ganó mucho dinero y luego se lo bebió todo. Pero nada más, ni como llego a Fuengirola, que estaba a treinta kilómetros de Málaga (que no era distancia para ir a pie tambaleándose), ni tampoco de con quien había pasado las ultimas horas de la noche. Nada, todo era un torbellino confuso de gratuita y barata información de resacoso.
A su lado dormía un tipo con barba negra y rizada de varios días, una barata camiseta negra que anunciaba “Metallica” y unos tenis imitación de Converse.
- Oscar tío, despierta coño. ¿Se puede saber que haces en mi cama?
- ¿Eh, que pasa Ruso? – el tipo parecía desorientado y confuso.
- Lo que pasa es que estas metido en mi cama con tus sucios zapatos. Y además – hizo una leve pausa- me has jodido el edredón con tu vomito.
- Lo siento tío – roncó y volvió a dormirse.
En un par de horas Ruso ya estaba en Málaga, paseando por la facultad, oliendo a limpio y perfume, con una camiseta impecable y una americana que iba a juego con su sombrero y ojeras azuladas. Siguió un pasillo amplio de losas grabadas, con una pequeña jardinera en medio que se llenaba de enredaderas y otras plantas muertas, a los lados torres de hormigón cuadradas, de dos o tres pisos de altura, giró hacia una que se situaba a su derecha, un cartel plastificado rezaba “Cafetería”. “Oh si, por fin un buen café de maquina y algo de comida decente.”
Ahí, en un pequeño coro alrededor de una mesa roja de Coca cola, estaba el grupillo de artistas: Alex, Tomas, Alberto, Valentín, Lucia y Borja.
- Saludos rezagado, que tal a noche – dijo Alex con un ronroneo felino y una mueca risueña de iluminados ojos.
- Bien, bien. ¿Alguien se acuerda de que me paso? – desvió su mirada hacia Borja – ¿Oye, y tú donde te metiste? Alberto y yo te llamamos una docena de veces al móvil.
- Hm, creo que lo perdí. Y bueno, también siento que anoche yo me perdiera, pero recibí una llamada muy importante de un asunto que tenía que atender.
- No dijiste que se te perdió el móvil – Ruso lo miraba fijamente a los ojos, con las cejas en V y los labios apretados formando una fina línea rosada. – Bueno déjalo, ya me contaras como te fue Don Juan, yo voy a por un café. ¿Alguien quiere algo?

Aquella tarde el grupillo se disolvió, cada uno tenia asuntos que atender, Valentín se fue a casa de Lucia, Ruso y Alex se perdieron por el centro de Málaga y Tomas tenía clase por la tarde.
- ¿Qué mierda creerá la policía? Hay un cuerpo calcinado, un estudio con media docena de cuadros quemados y pintura por todas partes. Ninguna otra habitación de la casa había sufrido daños. Bueno, del cuerpo me he deshecho, ahora bien, como explico lo del incendio… Este hombre era un calzonazos, tardare más en excusarme ante los padres que en convencer a la policía.- Borja pensaba frente a la puerta de madera de su casa. Anoche había quemado el estudio, eliminando todo rastro de su “huida.” Sabía que Tomas fue más discreto y que se deshizo del cuerpo tirándolo al mar, pero él fue más torpe, llenó de sangre todas las paredes y los lienzos, el fuego era el único remedio fácil y seguro. Además, como la casa era de hormigón, con unas paredes bastante resistentes y una puerta metálica, sabía por seguro que el resto de la casa no se dañaría. Tenía una coartada, Ruso y Alberto afirmarían que estuvo con ellos al menos hasta el momento que se produjo el incendio y estaban lo bastante lejos de su casa como para que nadie demostrara que fue él quien lo provoco. También dejo una botella de éter y una vela para que pensaran que todo fue accidentado.
- Pero además de todo esto, la policía solo mide el crimen según el poder de solvencia del sospechoso, y toda sospecha puede diseminarse con un buen fajo de billetes, y eso para un pintor no era un problema – se saco un arrugado paquete de Luky del bolsillo y se encendió uno. Una pequeña hebra salió casi volando del tubo de papel y se le poso en la camisa, aún caliente y llena de todo tipo de líquidos, fluidos y alcohol.

Los ojos del detective se clavaron en los suyos como puñales, rígidos y afilados. La fina boca cubierta por un espeso bigote, un traje algo sudado, una corbata con el nudo deshecho y un par de botones desabrochados que mostraban la deshinchada papada de aquel.
- Así que dices no haber estado en el estudio en toda la noche. – dijo pausadamente, marcando las silabas y relamiéndose los labios. – Sabes, encontramos algo de ropa quemada con restos de carne pegada en el suelo. Sabes si había alguien más con tigo, algún amigo al que hayas invitado y que se quedara en el estudio.
- ¿Alguien? No se me ocurre nadie.
- ¿¡Quien!?
- ¿Alguien, quien?
- No juegues con migo niño, los dos sabemos que había alguien. Era un hombre porque encontramos pelo pegado a la carne. ¿O era una mujer peluda? – el viejo rió entre dientes.
Borja hizo una mueca agria de disgusto – Oiga, no se de nadie que pueda haber estado allí. ¿Han pensando en que podría haber sido un robo?
- Un robo. Oye si, vamos levántate, nos vamos a la comisaría. – El detective se levanto de la silla de madera, rodeo la mesa y toco el hombro de Borja, que sonrió mostrando dos filas de dientes blancos e irregulares. La caja torácica del viejo empezó a agitarse, la respiración se acelero y dos pequeñas gotas de sangre salieron de sus oídos, los ojos se nublaron y los brazos se le pusieron rígidos y tras un crujido de rama seca, los hombros se desencajaron y los codos se doblaron hacia el lado contrario, luego el temblor pasó a las manos que empezaron a girar sobre las muñecas como dos ruecas fuera de control. La camisa empezó a abultarse por las costillas que palpitaban como las patas de un ciempiés. La lengua que colgaba como un péndulo rosado se fue ennegreciendo y alargando, un leve zumbido y la piel ya no resistió más. Las paredes llenas de sangre, el cadáver en el suelo, por un lado la mandíbula, medio torso por otro, entrañas rosadas y una decena de ratas saltando y peleándose furiosas entre ellas. Borja se levanto y tras un chasquido de su dedo pulgar con el índice, la habitación volvió a quedar intacta, solo que sin el menor rastro del detective.
- Ahora a ver a Tomas. – suspiró.

"Las polillas" - Acto 2, escena 3




Escena III.
A la media hora Borja había desaparecido, no se perdió en un bar, ni entro en un lavabo del que no había salido, sino que desapareció, sin motivo, en medio de la calle; estaba y ahora ya no. Alberto saco su Nokia del bolsillo, marco el número.
- Seis, Seis, Cero, Nueve… ¿Qué sigue ahora?
- ¿Tres?
- Tres…- varios tonos, una voz de mujer, bastante digitalizada le recibió el mensaje, prometiendo guardarlo después del pitido. – El contestador.

Un cuarto oscuro con leves matices anaranjados sugeridos por varias velas dispuestas en círculo y una lámpara de plástico residual en medio, techos bajos y sillas mal dispuestas a lo largo de toda la sala, una mesa pequeña con diseños islámicos adornaba la habitación, Borja estaba sentado frente a ella.
- Venga pequeño, no tengo todo el día – sonrió y emitió un gruñido. Del vaso vació surgió algo parecido a dos pequeñas pinzas negras, un caparazón de placas y una larga cola enroscada sobre si misma. Un pequeño escorpión salió de entre el hielo y se le puso de frente.
Borja llevaba una chaqueta de cuero negra y alta, una camisa blanca por fuera de unos vaqueros azulados. Alargó la mano hacia el escorpión, este subió obedientemente a ella, trepo por la chaqueta hasta la abertura de la solapa y tras ver la vena azulada y palpitante que le recorría el cuello, clavo en ella su aguijón, después se esfumo en una nubecilla de humo negro.
- Ah, maldito bicho – su cuerpo empezó a temblar, las venas se agitaban violentamente como serpientes enrolladas a lo largo de su piel formando cordilleras dispuestas al azar, frías gotas de sudor empezaron a surgir de su frente y sus ojos se volvieron en blanco. – Joder, putos toxicómanos, que mierda me han dado. Dios.
- ¿Qué ves? ¿Qué coño estas viendo, eh niño? – gimió un tipejo delgaducho y pálido, cubierto de pecas, que se sentó corriendo en frente suya.
- La torre de Babel, mil pisos girando unos encima de otros, gente tirándose desde las alturas a la inmensidad del suelo, veo sus huesos romperse, siento su dolor, estoy dentro de ellos.
- ¿Te ha dado fuerte eh?
Borja se levando tirando la mesa, se acerco al tipo tanto que las gotas que resbalaban por su nariz mojaban los labios del otro. Se hurgó en el bolsillo, un chorro de sangre mancho la chaqueta y la camisa blanca, el drogata se desplomo en el suelo apagando varias velas con el peso de su cuerpo.
- Bien, ahora a pintar.
Bajó la fina escalera de caracol a la sala principal, eran ya las cinco, una serie de torres de sonido hacían llover la música sobre un grupillo grosero de borrachos sudorosos, que emitían un vaho rancio y blancuzco. En la barra, un chico joven con chaleco y tirantes le puso un tequila con algo rojo flotando en el fondo, Borja no se preguntó que era, lo apuro y dejo en la mesa un sucio billete de vente. El camarero le indico con el índice mojado a una chica, al fondo de la sala. Llevaba un jersey blanco de lana con una cremallera metálica que la separaba de modo vertical en dos, una pequeña falda azulada de red y unas botas con tacón metálico. Miró a Borja y le hizo una señal con la barbilla, toda su cara se meneo al ritmo de la música, su pelo liso se elevo sacudiéndose de la pesada gravedad, sus manos dibujaron círculos en el aire. Se tambaleo hacia él, con un gastado gesto de muñeca le abrió la camisa e introdujo su mano bajo el cinturón y los abultados pantalones. La siguió expectante, ella contoneaba la cadera y se paraba en seco cada pocos pasos para restregarle su trasero. Las drogas y el alcohol habían hecho mella en su conciencia y no controlaba sus movimientos, torpes, que intentaban alcanzar los pechos de la joven.
- ¿Te acuerdas de mí? Acabas de terminarme esta tarde, como quieres que te lo pague.
- Todavía no te he terminado nena, pero ven, tengo un hueco aquí al lado, quizás podamos hablar ahí.
Y la noche paso volando, ella rugía como una bestia salvaje, mientras golpeaba sus húmedos y firmes muslos contra los de Borja. Su rosada lengua le recorría todo el cuerpo y sus uñas pintadas de rojo arrancaban tiras de piel de su espalda.