martes, 3 de febrero de 2009

"Las polillas" - Acto 3, escena 1




Acto III. Escena I.
- ¿Le pasará algo a ese cabrón? – un intermitente silencio, entre suspiros, llantos y sonido del cuero estirándose. Todos habíamos oído lo de su casa, pero nadie pudo contactar con el, ni móvil, ni mail, nada, ese tipo se había borrado a si mismo de entre nosotros.
- ¿Mujeres? – Alex ya no sonreía.
- ¿Siendo él como es? No creo, esto es algo más grave. Estará deprimido.
Él lo oyó todo, desde las paredes, desde los recovecos de un bosque repleto de maleza. Allí, solo había que fijarse bien y se vería su melena enredada entre varios árboles verdosos. Como un lobo acecharte, pero quieto.

“¿Como he de actuar ahora? Cuando cae una piedra en medio de un bosque desierto, nadie la oye, hace falta algo lo bastante grande para que se estremezca todo el continente.”
Borja seguía fumando, tenía un luky en la mano, otro en la boca y una cerveza entre los pies. El negro escorpión correteaba alrededor suya. Una enredadera que colgaba desmesurada de una terraza saliente le protegía del sol. De repente, una ráfaga de viento aparto las densas hojas, dejando que un pequeño rayo de luz penetrara entre su sombra personal. Vio las cosas claras. Era como un emperador chino, que reinaba, pero nadie sabia quien era su señor ya que el imperio era demasiado extenso, y las noticias no podían recorrer la distancia desde el palacio hasta el pueblo más cercano en el tiempo en el que duraba una vida.
- Algo grande, lo bastante. – una sonrisa orgullosa iluminó su frío y tenso semblante. – Quizás el otro pueda ayudarme.

Tomas estaba enredado en una crisálida brillante de colores rubíes, estaba creando, estaba perdido y creando. La habitación estaba llena de sensaciones, sensaciones dulcemente confeccionadas. Las paredes estaban revestidas de colores aterciopelados que se deshacían y volvían a resurgir dando nuevas formas, nuevos dibujos acrílicos que salían y bebían trementina a largos tragos. Una gran orgía de impresiones lumínicas como neones fluorescentes en una noche decadente. Estaba conectado y volaba.
En pocos minutos la ciudad entera era suya, toda la ciudad dominada por una especie de dios Eros. Rostros lejanos de gente que reía, todo era una entretejida red, un pacto con el diablo bien consumado. El caos había invadido todo.

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