jueves, 8 de enero de 2015

Feliz 2015

Mi vida es una basura, ahora es como cualquier otra vida gris, como cualquier otro día en esta ciudad. Será cenizas en cada uno de mis despertares, cada vez que me tome el café y me dé cuenta de que no lo estoy tomando contigo. Sangraré cada segundo de cada minuto a partir de ahí, y dios sabe que tengo sangre para seguir, hasta que no sangre más que vino salado.

>Salud! 

martes, 9 de diciembre de 2014

El blues de la niña

Sus pies dejaban huellas húmedas sobre el frio suelo del pasillo y sus rodillas pálidas temblaban arrítmicamente, el corazón de la niña era un pájaro con un ala rota que la movía a tropiezos hacia la puerta. Era puto diciembre, estaba oscuro y las ventanas estaban rotas, con los cristales esparcidos en el suelo entre la una masa negra de basura. Afuera de la casa se extendía una línea de ferrocarril y cada veinte minutos pasaba un tren cargado de mercancías chinas, era un polígono que se había construido bien a las afueras - tanto que al cabo de una década ruinosa se quedó abandonado por la ciudad, y reconquistado por los yonkis y vagabundos, que ya estaban ahí antes de que se construyera. Estos últimos ya estaban sacándole las ruedas al coche de la niña, que se había quedado aparcado detrás de la casa, mientas ella se aproximaba a una puerta colgada por una sola bisagra.

Hasta aquí, todos sabemos que esto es una mala idea, jodidamente mala – pero ahí está ella, buscando algo, yendo a tientas por ese laberinto maloliente.

Ella está bailando su blues violento, quemando el mundo dentro de sí misma, como una polilla entre dos cristales, recurriendo a su instinto de supervivencia y lanzándose contra todos. Al público no le gusta y la abuchean, en su cabeza suenan sirenas de alarma – un jodido bombardeo! Están reduciendo la ciudad a cenizas mientras ella se contonea y vibra como una cuerda de guitarra.


A quien le importa nada? Cuando el mundo arde, descubres que la gente sale a la calle con una bolsa de cosas absurdas y cara de vaca hindú. De qué sirve a ti, iluminado y ocioso lector?

martes, 18 de noviembre de 2014

Desierto sin sol
Carretera, los neumáticos besando el pegajoso asfalto, susurros de arena enredándose en los coches, flotando como auroras boreales sobre la negra vía. El cielo se pierde en la seca bruma, el calor castiga los matojos secos y lenguas de pesada arena lo lamen todo, enterrando, como una madre que tapa a su crio con una manta.
En el horizonte se ve un mar de luces, un mar de siluetas – afilados dientes que sacan tajadas de nubes, mastican estrellas y las defecan en esta carretera, iluminando la soledad del viajero.

Sudor caliente, manos que se resbalan por el volante, asiento empapado – no pienses en caliente, conduce – me digo, pero el aire me ahoga y me cuesta respirar. En un suspiro todo habrá acabado, y el coche, las estrellas y el asfalto serán uno conmigo, en esta monolítica tumba sin contorno.
Creí viajar al centro de la tierra, que iba a encontrar el nucleo del mundo – descubrir el fuego, y acabe al borde del cadalso, entre las rocas de la tierra yerma. Hasta aquí no llega el humo de mi pipa, ni el sonar lejano de las olas – que braman sin parar en mi pecho, con el sonido del reloj, las horas. Bramando siento el cuchillo, degüello de mi pensamiento, circuncisión de lo que hubiera sido – plastificado sentimiento.
Como hablar? De que contarte yo podría, si cada vez que abro yo la boca – bocanadas de ceniza vierto - escupo telarañas negras, que en mi pecho se habían enredado – seré yo el dolor del mundo, o es el mundo mi dolor sangriento¿


Raras flores se elevan, escarpados acantilados
Pedruscos y hormigueros, hacia el cielo sin estrellas.
Como arboles errando entre las nubes
Con sudor y sangre nutriéndose se alzan.
El viento trae fatigas y sollozos, acallando
El sonar de los coches bajo los balcones.
El alma del desierto es ardiente y fría - cala
En el corazón y huesos, de aquel que su pecho abre.
Cierra los puños y los ojos, niño
No vayas a creer en el brillo
Que aquí el oro es arena, y la negra muerte
Que desde el cadalso sube y en tu boca sabe a
Veneno.



Vuelvo al mundo y está como si no me hubiera ido, y me canso de caminar, correr o nadar – hay días en los que solo querría dejarme llevar por las olas, mecerme como un barco volcado durante una tormenta, mecerme hasta hundirme.
Antes siempre había un motivo, hace años lo había porque era demasiado joven, después lo hubo porque fui demasiado estúpido – y ahora que soy yo, no hay motivos más que para darle al vino.
Cualquier cosa que diga será una excusa para no ser honesto, y cualquier cosa que me calle será el motivo de que alguien se sienta dolido – ajeno a todo lo que me importa.

Quizás todo lo que esté buscando está en el fondo del mar, en el silencio de las cosas que están bien donde están. El amor de la entropía, el eterno orden divino que abraza cada átomo del universo, salvo a nosotros.

viernes, 15 de julio de 2011

El mundo imperturbable.

Las manos que lloran tempestades, sudorosas de lirios trenzados con mordientes espinas. Las sepultan y se retuercen como las del avaro, se asexuan en sus constricciones. Beben arenas de las cuerdas que arrastran, como si fuera la melena de una gran roca, y el amo siempre atento, para ahogarlas en polvo.
Manos que carne tocan, siempre con hedor a podredumbre. Manos que con cuero se cubren, pues piel no tienen, deshilachándose en carroñas como las del muerto. Manos de esclavo y de hombre libre, siempre más cerca de la cadena que del brazo

El mentiroso en la encrucijada

Hay un demonio que calza mis pies. Sentado está al borde del acantilado, tirando guijarros al abismo y riéndose. Cada certero lanzamiento a la inmensa calma me desprende de alguna apetencia, quedándose mi mente en paz.
Al otro lado juegan las llamaradas de una casa encendida, y me vienen los recuerdos de un futuro que soñé. Sube el globo y toma el relevo un dios perezoso, mil caras tiene y con mil bocas habla – como si no hablara.
En una encrucijada me sienta este, mirando hacia las mil sendas empedradas. Me habla de la redención y exige sacrificio. A muchos como este he conocido, y con muchos que sus voces oyeron he hablado. Polvo son, como plantas van esparciendo semillas y al pasar su tiempo se dan de comer a sus brotes – como dioses quieren ser.
Entre estos dos amos estoy yo, bramando junto a mi rebaño, que no es mío sino que soy el yo no querido que me obliga a ser él.
En otro tiempo – siempre mejor – me soñé el barco errante, más mis sueños fueron, como su creador, pasto de lombrices y serpientes.
Me hago viejo y entupido, ya no me valgo a mi mismo, y con este estado tengo que lamentar que este mundo – el mejor de los posibles – me ofrece saltar detrás de los guijarros, y que el vuelo me acompañe al menos una de mis apetencias, una lujuria, una gula, hasta la muerte, pero eso tampoco me haría mejor ante mis ojos – aunque ante los del rebaño solo dejaría una limpia estela de bondad.
Quizás debiera alejarme de todo lo que maldigo, como el niño que enciende la luz para espantar a sus monstruos. Nuestra esencia es increíble, es inteligencia y es mucho más – misteriosa e ilógica – pues no consigo hacer acopio de esperanza para ver que la vida moderna sirve para algo más que el comercio de los antidepresivos, y aun estos dejan de hacer efecto al tiempo.
Peor todo esto tan solo se apoya en mi voluntad, al fin y al cabo siempre puedo volver a ser un niño y buscar el mundo. Todo esto es falta de voluntad, pero la voluntad entupida siempre es más voluntad.

Lamentables

En sórdidas cáscaras sus sueños arrimados, que solo ven lo que en su palma canta. El gran avance de pequeños hombres ha hecho de este mundo mil peceras. Lo que soñaron nuestros padres, y coetáneos, se ha perdido y ese viaje a la aluna, el hombrecillo con escafandra, como un globo de helio botando entre la débil gravedad.
Y esos coches que despegan y se transmuta su materia para cruzar el universo, con pipa y sombrero.
Ciudades altas de cúpulas, sin cementerio, entre los peces y los crustáceos en el fondo del mar como una gran concha se despliegan.
Y todo esto más todo lo imaginable, lo hemos permutado por astucias, dinero que se cambia por tiempo, y gustoso cambiaba yo toda la modernidad por fuego – sin ceniza ni esperanza.

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En infiernos malabares, se debaten en aleteos los lívidos estertores de almas arrojadas como piedras.
A voluntades caprichosas – pocos deseos y voluntades tibias, como caparazones de tortuga o alas de libélula.
El humo que mancha los boquetes, y asciende, negro y espeso, por su simpleza entra al edén, y la ceniza al averno.